viernes, 31 de diciembre de 2010

Mi última palabra de 2010

Me siento ante mi portátil, la última luz del día entrando por la ventana, con el propósito de escribir el último post de 2010. En estos días he estado leyendo posts de colegas blogueros en los que hacen balance del año que hoy acaba, cuentan sus aspiraciones para el que empieza en apenas unas horas, o simplemente nos desean feliz año nuevo. Y he pensado que mejor que acabar el año con “Un par de coj*nes”, el post anterior,  mejor hacerlo con uno algo un pelín más temático, ¿no?

Había pensado currármelo y hacer un análisis de lo que 2010 ha supuesto para mí o lo que espero del que viene, pero como dije hace un par de días no estoy muy intelectual últimamente, y para escribir eso hay que pensar, y no estoy yo para tonterías. Así que, como suelo hacer cuando no tengo muchas ganas de escribir -seguro que ya os habéis dado cuenta- voy a  empezar con algunas imágenes "cotidianas" de mi paseo de hoy por el centro de Madrid, en mi último día de 2010,  y a ver adónde nos llevan.
 
 Bueno, empecemos con esta imagen. Me ha llamado mucho la atención, porque... ¡¿qué demonios hace en el centro de Madrid un coche de la policía de Villaconejos?! En fin...

Luego he llegado a La plaza Mayor, donde yacía una especie de oruga multicolor, que es en realidad una "cabra" donde se mete un tipo y hace el chorra cuando pasa la gente. Pero el tipo estaría echando una cañita o algo, y un grupo de niños miraba con curiosidad, supongo que esperando en vano que la cabra hiciera su chou. O quizás reflexionaban apenados sobre la fugacidad de la vida, no sé...

Después ha pasado una niña de dorados cabellos que, a juzgar por su cara, bien no se creía que el bicho estuviera muerto, bien se alegraba de que por fin la hubiera diñado el cabrón.

Luego he visto al Louis Amstrong de la Plaza Mayor, que cuando empezaba a coger frío se enfundaba su traje de Winnie de Poo. Digo. 

Y luego me he acercado al tiovivo que han puesto para las navidades. Por alguna razón me gustan estos tiovivos de estilo clásico -y al niño de la foto parece que también.


Aunque el cielo ha estado encapotado la mayor parte del tiempo, en el camino de vuelta se ha abierto un poco y parecía que iba a salir el sol. Mirando las nubes he visto esas zapatillas colgando y por alguna razón extraña me han producido una sensación... de libertad. Yo que sé, a veces me pasan cosas un poco místicas.
Y para concluir, bajando mi calle me he topado con una perla del filósofo que anda suelto por las calles de mi barrio -ya le conozco la letra:
Ya de vuelta en casa he pensado; ¿Cómo se le habrá ocurrido a este tipo esta frase tan extraña? Y así es como he aprendido mi última palabra de 2010, que quizás también sea la vuestra:

Brontofobia: Miedo a tormentas, rayos y truenos (y centellas)

¡¡¡FELIZ AÑO A TODOS!!

PD: ya tengo cámara nueva

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un par de Coj*nes.

Llevo ya una temporada que estoy creativa. Claro que cuando se lo comenté a Cari hace un par de semanas, la muy jodía me replicó: "Pues no se te nota en el blog" Y es que yo hablaba precisamente de otro tipo de creatividad, menos... intelectual. Durante ese casi mes que no escribía por aquí, cuando estaba sola en casa  me pasaba el tiempo haciendo pequeños trabajos manuales, porque además se me ocurrían a todas horas;  hasta me planteé hacerme un cuaderno de ideas creativas –pero ya tengo demasiados cuadernos.

De momento he ido registrando las ideas con sus respectivos esbozos en el cuaderno del escritorio del salón -misceláneo él. Son ideas que no siento ninguna obligación de llevar a cabo, están ahí para que no se me olviden, y si algún día me da,  pues las hago. Pero el caso es que... me siento yo animosa, y me da que teniendo ahora vacaciones probablemente saque unas cuantas adelante.

Una de ese titipuchal de ideas era la de hacerme un cojín con una tela de cebra que me había sobrado de otra cosa. Porque además de que me molan mucho los estampados de piel de animal -preferiblemente herbívoro-  el de cebra me iba guay con los colores del salón.

Una noche al poco de acostarme se me ocurrió cómo ejecutar el diseño que quería. Para que no se me olvidara me levanté a "esbozarlo"... y acabé yéndome a la cama a la una y media de la mañana, con el cojín acabado.

Sí, es mi máquina de verdad. Modelo 1932.

La verdad es que quedó chulísimo; yo estaba tan orgullosa de él. De vez en cuando me lo quedaba mirando embelesada... y así fue como un día se me ocurrió que quedaría muy cachondo con un rabito. Al día siguiente el cosmos puso en mi camino la lana negra que necesitaba, depositada sobre la mesa de la sala de profes -debía de ser para una manualidad de los niños- y como está muy feo rechazar un regalo, cogí  una pequeña madejita  y apenas ni se notó. Además el rabito quedó genial. 

Así que si antes del rabito ya estaba encantada con el cojín, con él se convirtió en mi cojín favorito. Y me empezó a dar mucha pena el de vaca que siempre me ha molado, pero es que ya le tengo muy visto, y en comparación se había quedado un poco soso, ¿Qué podría hacer yo para animarlo? -me pregunté. Así fue cómo se me ocurrió... ¡ubres! 

Como seguro que os pica la curiosidad -y aunque no os picara, vamos- os dejo una foto del resultado final:


¿Molan o qué?

martes, 28 de diciembre de 2010

Popurrí navideño

Rescatada navideña. “¡Es que hay alcaldes que no saben usar el martillo!... Como el alcalde de Lesiton*.” (??) Elia, mi sobrina de 5 años, hablando para sí misma mientras pintaba algo en nochebuena.

*Tras denodadas investigaciones, averigüé que se refería a Lazytown, un programa infantil de la tele.

¡Ha nacido un concepto! Estábamos ya en la sobremesa de Nochebuena, después de los postres. Mi madre había sacado la bandeja del turrón. Dani cogió un trozo, se comió medio de un bocado, dejó el otro medio en un plato vacío que había en el centro de la mesa, y dijo improvisando: “Este es el plato solidario.”   Todos lo entendimos en seguida sin necesidad de más explicaciones y a partir de ahí hicimos adecuado uso de él; magnífico invento -¡lo recomiendo! Con lo bonito que es compartir...

Y por último, una receta de "acción de cumpleNavidad". Para el postre del día de Navidad había quedado encargada de hacer una tarta que sirviera también de tarta de cumpleaños de mi padre, que cumple 70. De hecho su cumpleaños es el día 30 de diciembre pero a pesar de la cifra redonda, y como en mi familia no somos muy de parafernalia cumpleañística, mis padres han decidido que este año haríamos una celebración compartida con la Navidad, que si no era mucha tela.

Mi modesta colaboración fue, como he dicho, esta tarta; una tarta de batata -sweet potato pie para los estadounidenses- que aprendí a hacer con Heather y que es típica de Acción de gracias. Ya la he hecho varias veces, y como suele suceder, a todo el mundo le flipó. "Está deliciosíiiisssima" -dijo de hecho mi madre- "y no es nada empalagosa" añadió al hilo Marta, mi cuñá. Claro, que si le hubiera puesto un vaso y medio de azúcar como decía la receta en vez de medio, la cosa hubiera sido muy diferente.

En fin, que en esto estamos; de navidades. Me sentía obligada a publicar un post-testigo, y con este ya he cumplido. ¡Ea!

TARTA DE BATATA INGREDIENTES: 1 lámina de hojaldre, 2 vasos de batata, 2 cucharadas de mantequilla, 2 huevos, ½ vaso de azúcar, ½ vaso de nata, ½ cucharadita de canela. Opcional: 1 cucharada de vainilla, ¼ cucharadita de jengibre molido, 1/4 cucharadita de clavo o nuez moscada. ELABORACIÓN: Hornear la batata –45 min aprox- y pelar. Mezclar todos los ingredientes en el orden que nos dé la gana, con una batidora eléctrica. Hornear el hojaldre solo a 200º durante 10 min. Rellenar el hojaldre con la mezcla. Hornear a 180º durante 30 min aprox. ¿De verdad has leído toda la receta? ¡Debes de ser el/la unicx!:D

martes, 21 de diciembre de 2010

Una visita al dentista

El jueves pasado estuve en el dentista. Mi dentista es un hombrecillo delgado, de pelo blanco y cara élfica, que siempre me recibe con un apretón de manos que a mí me intriga moderadamente. A partir del apretón, lo demás es predecible: me siento en la silla, abro la boca y me dejo hacer.

Cuando estaba ahí boquiabierta decúbito supino sobre ese pseudo sillón, instrumental variado entrando y saliendo de mi cavidad bucal, hizo su aparición un espécimen de choni poligonera con una bata blanca puesta. Entraba por la puerta hablando con ese tono que comparten  las poligoneras con los macarras de barrio, e inventándose jotas donde no las había, en claro deje madrileño. “Mire dotor, ejjjke al final de la tarde va a venir mi novio, que tiene una muela con algo negro, y a ver si se lo puedes mirar” -dijo, dejando escapar un tuteo.

Era la primera vez que la veía por allí, y en seguida me di cuenta de que debía de ser la sustituta que habían encontrado para la enfermera/recepcionista habitual. En mi anterior visita ella misma me había informado –sin que realmente viniera a cuento- de que le tenían que operar un pié e iba a tener que ausentarse de la consulta durante una temporada.

Mientras oía hablando a, la llamaremos Poli, no podía evitar pensar en lo bien que le vendría a esta pobre mujer un cursillo de dicción, o una suerte de pigmalión que le enseñara a vocalizar, como en My fair Lady, porque no se puede conseguir un trabajo decente con esa forma de arrastrar las palabras por el fango. De hecho me resultaba sumamente sorprendente que hubiera resultado la elegida en el proceso de selección, aunque fuera tan solo para una sustitución de un par de... horas.

Total, que cuando el dentista me autorizó a cerrar la boca, dando por concluido su trabajo de reparación, me dirigí hacia la recepción acompañada de la enfermera/recepcionista habitual, a quien llamaré Rosa. “Espera que llame a Poli, que tengo que enseñarle cómo hacer las facturas. Es que mañana me operan el pie, y va a tener que hacer todo ella sola.” Entonces me dirigió una mirada de desaprobación y dijo, mientras giraba la cabeza lentamente a uno y otro lado: “Pero vamos... no lo veo yo...” A mí me sorprendió su confidencia, más aún sabiendo que Poli estaba por llegar, y añadí por no saber qué decir: “Sí, no es del mismo... estilo.” Me sentí como una perra clasista cuando un par de segundos después apareció Poli y le dediqué una sonrisa culpable.

Las dos blanqui-embatadas se pusieron allí con el ordenador preparando mi factura mientras yo las miraba sintiéndome francamente incómoda. Entonces el dentista llamó a Rosa, y yo me quedé sola con Poli, que supongo que para romper el silencio se dirigió a mí: “Jo... ejjjke mañana me quedo ya aquí sola haciéndolo todo.” Se le notaba inquieta pero ilusionada. “Es solo una sustitución, pero vamos, cualquier cosa es buena...” “Ya, tal y como está el panorama....” dije tirando de tópico. Después de un breve intercambio de frases sobre la misma temática y para mi alivio regresó Rosa. 

Yo las veía ahí a las dos acabando de imprimir mi factura, pensando en cómo en unos pocos minutos y sin comerlo ni beberlo, me habían hecho obligada partícipe de sus pequeñas miserias. Quería que me dieran ya mi “carta blanca” y poder escapar de una vez de aquella situación tan extraña y violenta.

Cuando Poli me selló y entregó la factura, miré a ambas y me despedí con un sincero: “Suerte mañana a las dos”, abrí la puerta y huí.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Love xoxo

¿No sabes qué regalar a tu novia estas navidades para cautivarla definitivamente? Yo tengo una sugerencia: Love xoxo. Además cuando se le acabe el contenido puede guardar el continente y quizás encontrarle algún otro uso.


Supongo que los creadores:

a. No eran españoles.
b. Eran españoles pero no estaban familiarizados con el "lenguaje del teléfono móvil"
c. Eran españoles, conocían el lenguaje del móvil, pero tenían un sentido del humor un tanto zafio.

PD: Para quien lo desconozca, XOXO significa en "guiri" besos y abrazos. Se suele poner al fiinal de una carta, mail o sms.

domingo, 19 de diciembre de 2010

No al cierre de webs

Mi vida de televidente ha sido bastante fluctuante; he alternado largos periodos de ver muy poca tele con épocas de rendición a la caja boba, en las que era capaz de estar enganchada  tragando lo que me echaran  durante horas y horas. Si tenía el día perro podía pasarme una tarde entera tirada en el sofá zapeando, sabiendo ya  de sobra que de los seis o siete canales que podía sintonizar, ninguno ofrecía nada que mereciera remotamente la pena. Pero aún así seguía con el mando en la mano apuntando a la tele, viendo cinco, diez minutos de un canal hasta hastiarme por completo, y pasar al siguiente, y morirme de vergüenza ajena, y pasar al siguiente... Estaba como abducida; me sentía “condenada” a conformarme con el programa que menos me asqueara, intentando sacarle el interés o el entretenimiento por donde fuera –misión imposible la mayoría de las veces.

Por si la ínfima calidad de los programas no fuera suficientemente disuasoria, estaba además el tema anuncios; intermedios de quince, veinte minutos, en los que hasta me daba tiempo de darme una ducha  y vestirme–tal  cual. A veces tenía la firme sospecha de que los programas eran solo una excusa para mantenernos enganchados entre tandas de anuncios. Y ya no era sólo la duración de los intermedios, sino el contenido de los spots; la estrategia publicitaria consiste básicamente en poner de manifiesto alguna terrible carencia de nuestras vidas para acto seguido prometernos la solución definitiva a nuestra miseria. Aunque seamos conscientes del engaño ya nos han plantado en la mente la semillita de la insatisfacción.

Y bueno, podría meterme con el tema telediarios, pero creo que con lo que he dicho ya, es más que suficiente.

El caso es que cuando me puse internet en casa hace ya más de un año, dejé de ver la tele; había tantas cosas interesantes entre las que elegir en el ciberespacio que pronto la televisión se convirtió en más que prescindible. Cuando se produjo el apagón analógico el pasado abril, estaba tan a gusto sin ese ruido en mi vida que así me quedé. Si quiero “descerebrarme” un rato, me pongo alguna serie (House, The IT crowd, The big bang theory, Cougar town...), algún documental, o alguna que otra peli de vez en cuando. Los únicos anuncios que veo son los pop-ups que Firefox no consigue bloquear, y los que hay en las páginas que visito –cada vez más, eso he de reconocerlo. Además, yo elijo mis fuentes de información.

Hoy he vuelto a casa después del aperitivo-comida-pacharán dispuesta a lobotomizarme un rato con una serie que empecé a ver ayer y que promete; Cómo conocí a vuestra madre. Al abrir mi habitual proveedor de entretenimiento, Series yonquis, ¡oh sorpresa! la página que se ha abierto ha sido esta. Lo mismo en Cinetube.


Mentiría si dijera que no me he sentido contrariada y que no me he acordado del árbol genealógico de quienes así me negaban mi dosis de evasión, pero ya que no iba a ver mi serie me he metido en el link para informarme extensamente sobre el por qué de mi infortunio.

Tras leer el manifiesto y aprovechando que no tenía nada mejor que hacer con mi tiempo, he decidido escribir este post y -como diría Cari- poner así mi modesto granito de arena en el engranaje de la maquinaria capitalista. Crrriiiichhhh... Que rule.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Rescatadas 20

Paul: Lo del tabaco lo tengo controlado
Yo: Ah, ¿si? ¡qué guay!
Paul: Sí; sólo fumo cuando no me ve nadie.

(Después de decir una parida) Jo, tendría que pensar antes de hablar, para que no fuera una retransmisión en directo... ¡Apunta! -Cari.

¡Manolooo... ahí tienes el cacharro ese que está flipando!
-Mi madre a mi padre sobre el ordenador, que estaba haciendo cosas raras.

Yo a Luis: Como aquella vez que dijiste que éramos aristocracia cognitiva...
Cari: Sí, yo sin embargo soy populacho cognitivo.
Yo: ¡¡Síi!!
Cari: ¿¡¡Cómo que sí!!?

JUAJAJAJAAAAA, JUAAA... (durante quizás demasiado tiempo) Me voy a acordar siempre de este momento, porque nunca me ha dolido más la garganta de tanto reírme. Esto tiene que parar, en serio. -Federico. Iba MUY en serio, el pobre.

Hoy inauguro una novedad en Rescatadas... ¡Rescatadas autografiadas, para los incrédulos! Ahí va la primera:


martes, 14 de diciembre de 2010

El otoño

Es posible que algunos de vosotros os preguntéis a qué se ha debido mi ausencia; hasta he recibido algún mail preguntándome al respecto con lo que me ha parecido un fondo de preocupación. Para mi suerte mi ausencia no se debe en absoluto a una depresión estacional, sino más bien todo lo contrario.

Todo se hizo evidente el lunes de la semana pasada. Era un lunes festivo, día de la constitución, y yo iba a comer a casa de mis padres. Salí de casa para coger el bus, subiendo la calle Ribera de Curtidores. Aunque había Rastro, estos días festivos hay muy pocos puestos y suele estar muy poco concurrido; es como si fuera un mercadillo solo para los del barrio. El caso es que había unos pocos puestos y ni un solo coche aparcado en la calle, y las pocas personas que había, paseaban distraídamente, con total parsimonia.

La calle Ribera está escoltada por hileras de plátanos de paseo a ambos lados. El día anterior había hecho mucho viento, y las aceras y la calle estaban totalmente alfombradas de hojas. Estaba precioso. El asfalto  perdía toda su rotundidad cubierto de hojas de otoño; venía un soplo de viento y esa alfombra de colores terrosos cobraba movimiento; las hojas levantaban un vuelo breve y tras hacer unas piruetas en el aire se volvían a posar sobre el asfalto, hasta que otra ráfaga de viento volvía a invitarlas a volar. La calle parecía más ligera, más romántica, y mucho, mucho más bonita...

Subía andando despacio, con una sensación plácida en el pecho, fijándome en las hojas; en cada hoja. ¿Os habéis fijado alguna vez en los colores que se ponen? Esos tonos de verdes, marrones,  rojizos, ocres, amarillos... A veces una sola hoja de otoño de plátano de paseo es una auténtica obra de arte, un prodigio de la naturaleza. Un humilde prodigio.

Una vez en el bus el espectáculo continuaba: todo Madrid estaba cubierto de hojas, y tenía un aspecto maravilloso, tan cambiado y tan especial como cuando cae una buena nevada. No solo yo era consciente de cómo estaba, detrás de mi oí a una señora comentar con su compañera de asiento: “Cómo está todo lleno de hojas...” Claro, que no todos vemos las cosas de la misma manera; la otra contestó con tono quejumbroso: “Sí, qué peligrosas son, ¿eh? Es que a la mínima te resbalas...” Supongo que, como decía el poeta, todo es según el color del cristal con que se mira.


Yo desde aquel día soy consciente de que estoy enamorada del otoño. No podría encontrar otra forma de explicarlo; salgo a la calle, veo las hojas en el suelo y me sube una alegría por el pecho y se me pone una sonrisa bobalicona en la cara que ya no se va. Algunas hojas son tan preciosas que no puedo evitar agacharme para cogerlas y llevármelas conmigo para seguir admirándolas en casa. Incluso cuando voy en bici a trabajar, subiendo el boulevard del Paseo del Prado, me paro y cojo alguna hoja que sería casi imperdonable dejar ahí abandonada.

Luego llego a casa y las pongo debajo del cristal de la mesa del salón donde puedo verlas casi como si estuvieran expuestas en una vitrina, o las cuelgo del techo, para que floten ingrávidas por encima de mi escritorio. Cuando se secan y se vuelven marrones del todo, las sustituyo por otras policromas, recién caídas.
 

Me hubiera gustado ilustrar este post con fotos de algunas de mis hojas favoritas, pero me acaban de robar la cámara. Como estoy rebosante de los opiáceos del enamoramiento, apenas me ha hecho mella.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Filosofía de barrio

¿Qué tienen en común el karma y tu novio?

Versión actualizada de un clásico

Impeliendo a la acción

(Sodomicé a tu progenitora) Vivo en un barrio políglota, eso sí.

Reivindicaciones estudiantiles


Tempus fugit

jueves, 18 de noviembre de 2010

Precio negativo

Supongo que después de un par de semanas tan prolíficas en lo que a posts se refiere, era de esperar este pequeño descansito que me he tomado. Bueno, en parte se ha debido a la ley del péndulo, y en parte a que  estos días he tenido un invitado en casa que me entretiene con grata conversación cuando vuelvo a mi hogar después de una dura jornada. 

En fin, que el martes pasado cuando llegué de currar, Javier, que estaba ya en casa, se ofreció muy dispuesto: “Cariño; hoy me encargo yo de la cena... ”  "Oh, amorrr..., ¿de veras harías eso por mí?" "¡Claro pastelito, ¡Tú te lo mereces todo!... ¿Tienes el teléfono del telepizza a mano?"  

Como suelo tirar los folletos de publicidad que dejan en el buzón, busqué en internet el teléfono del telepizza más cercano y vimos que casualmente los martes era “martes loco” y las pizzas estaban a mitad de precio. Guay. Javier, que es de gustos gastronómicos sencillos,  sugirió una pizza de jamón y queso -o sea, de jamón- y yo que soy de fácil conformar, accedí a sus preferencias y le pasé el teléfono para que se lo currara él:

-Hola, queríamos una pizza para dos, ¿qué tamaño nos recomiendas?
_(...)
-¿La mediana es suficiente para dos? Vale, pues una mediana.
_...
-¿Bebidas queremos? –me preguntó.
-No, yo paso... -respondí.
-No, no queremos bebidas.
-...
-Ah... ¿Cuánto es con bebidas?
-...
-¡Caramba! –le oí exclamar- Bueno pues... ¿Qué bebidas tenéis?
-...
-Laura, ¿qué quieres: coca cola, fanta, nestea...?
-Pues nestea –contesté yo.

Cuando colgó le pregunté extrañada cuánto costaban las bebidas para que hubiera decidido pedirlas tan sin atisbo de duda. Resulta que con bebidas el pedido costaba... ¡un euro menos!

-¡Pero tío... se les va la olla! ¡un euro menos si pides bebidas! Pero qué cosa más extraña... ¡yo eso lo tengo que contar!
-¿Sí? Pues a mí no me sorprende tanto...
- ¿Cómo que no te sorprende tanto? A ver: esta tía lo que te está diciendo es que si no quieres bebidas te penalizan con un euro. O sea, que te obligan a pedirlas, básicamente. Es que es para decirles: “Sí, sí, queremos la bebida...” y cuando lleguen: ¡¡Pues ahora la bebida no te la cojo!! MUAJAJAJA... ¡¡te jodes!!” “No, no, ¡pues entonces me tienes que pagar un euro más...!” Y le das con la puerta en las narices. A ver; una cosa es que las bebidas te salgan gratis, pero que te salgan a menos cincuenta céntimos cada una... ¿¿Qué ganan ellos con eso?? ¡No me jodas!...

No, si ya lo decían ellos: el martes, martes loco. Como una chota.


PD: Con este post me salgo ya, y llego a la cifra de 84 este año, que es el número de posts que escribí en los dos años anteriores. Me pensaré si dar 2010 por concluido...

viernes, 12 de noviembre de 2010

La muchacha en el noviazgo

No sé muy bien si Pili me regaló este libro porque sabe que me fascina este tipo de lectura, o si simplemente aprovechó que su padre iba a tirarlo a la basura para rescatarlo y tener un gesto sarcástico conmigo -a Cari le tocó "la muchacha en el hogar". Quizás ni siquiera estaba segura de que me lo fuera a leer, pero ¡vaya si me lo he leído! hasta lo he subrayado primero en lápiz y luego en fluorescente! ¡Si es que es todo miga!  

El libro es de 1967, casualmente el año en que se casó mi madre. Esto es lo que aquella generación de mujeres tuvo que aguantar.

"¿Qué le dicen a la muchachita del noviazgo en el cine, la novela, la amiga que se las da de atrevida, el amigo picaresco que se le ha cruzado en el camino? Le hablan de pasarlo bien, de disfrutar de placeres deliciosos, de efusiones cariñosas más o menos carnales... ¡No!¡No!¡No! ¡Ese no es el verdadero concepto del noviazgo. Ese lenguaje es pagano, huele a carne, tiene sabor de bacanal. A quienes así hablan debe ponerse una mordaza.

(...) Pasan los días, los meses... el novio no llega. Acaso se han intentado e iniciado diversos noviazgos, acaso hasta ha habido algún “patinazo” con jirones de pudor. (¿?) El miedo a la soltería es un coco que aterra a muchas que no se dan cuenta de que las solteras también tienen su puesto en la vida.

Cuántas jovencitas que se montaron apresuradamente en el tren de unos amores prematuros se ven precisadas a apearse de él, y como no se conforman, andan montando y desmontando en una cadena larga de noviazgos chiquitos y caricaturescos!

En un porcentaje enorme las chicas fracasan por su culpa. Vamos a ver, ¿Por qué fracasaste tú?

Muchas fracasan por excesivamente fáciles al amor. Parece que lo mendigan. (...)En cuanto uno se le dirige, lo reciben sin más; inician correspondencia epistolar con la mayor facilidad, se confían a un desconocido, traban con él amistad; desde el primer día le permiten intimidad; sin darse cuenta, o dándosela, se hacen novios.

-¿Quién es ese chico? ¿Cuál es su familia?
-Ni lo sé ni me importa. Me quiere y le quiero. Es muy bueno.

Muy bueno y, en cuanto se descuida la deja plantada. Fue el juguete de un verano, el entretenimiento a su paso por aquella población, la novia de turno, el número X de la serie.

Estoy oyendo tu comentario: “Hay hombres malvados” Permíteme te exponga el mío: ¡Hay mujeres tontas! ¿No es este tu caso? Pues ¿Cuál es?

A continuación da un exhaustivo repaso a todos los casos por los que una mujer puede fracasar en el noviazgo:  mujeres que no se muestran dignas de su novio, las volubles que se cansan pronto, aquellas a quienes gusta el monólogo, las exigentes cabecitas soñadoras, las demasiado condescendientes, las blandengues y excesivamente almibaradas, las incomprensivas, las desgraciadas que se lanzan a la caza del hombre... Tal y como está escrito cuesta creer que lo escribiera un cura y no un tío resentido con las mujeres. Aunque quizás una circunstancia sea motivo de la otra.

Y acabo –por hoy- el repaso al libro, con esta jugosa cita:

¿Por qué hay tantos matrimonios desgraciados? Porque abundan mucho las mujeres casadas que no saben callar, ceder y sonreír. El noventa y nueve por ciento de los disgustos familiares, aun de aquellos en los cuales el hombre ha cometido una grave falta, la culpa es de la mujer. (...) Cuando se enfade, callarás, cuando grite, bajarás la cabeza sin replicar, cuando exija, cederás a no ser que tu conciencia cristiana te lo impida. A sus modales ásperos responderás con tu delicadeza y a su cara hosca con tu sonrisa.

Ameeeeennn...

jueves, 11 de noviembre de 2010

Mundo fantástico

No sé si os habrá pasado a vosotros alguna vez; tienes un recuerdo de algo que sucedió hace mucho tiempo, pero es como si los años lo hubieran... desgastado, o algo así. De alguna manera ya casi hasta cuesta dar crédito a ese recuerdo, y necesitas que otra persona lo confirme, que te diga “Sí, yo me acuerdo de eso. En efecto, sucedió.”

Desde principios de la década de los noventa hay un sex shop de considerables dimensiones en la calle Atocha, en el centro de Madrid. Se llama Mundo Fantástico. Antes de que se convirtiera en una tienda erótica, era una juguetería, y se llamaba... ¡Mundo fantástico! Cambió el negocio pero no el nombre, y hasta se mantuvo el cartel original. A mí esa historia... como que me pirraba, pero no encontraba a nadie que compartiera mi recuerdo para volver a darle la nitidez de la realidad, por así decir.


Me pasó lo mismo durante años con una noticia que salió en los periódicos cuando yo iba a la universidad; un pobre depravado murió aplastado por una roca cuando se zoofilizaba a una gallina. Pasaron los años, y yo parecía ser la única persona que lo recordaba; cuando le preguntaba a la gente si se acordaban de aquello me miraban con pasmo: “¿¿En serio pasó eso?? ¡venga ya!” Hasta que años más tarde llegó a mis manos la prueba fehaciente en forma de imagen en un suplemento de la revista FHM.

Total, que este martes, cuando camino del Retiro pasé por delante de Mundo Fantástico, me dije: ¡De esta semana no pasa, maldita sea! Y me puse en acción. Al llegar a casa llamé a mi padre por teléfono, y le interrogué sobre el tema; él nació y vivió toda su infancia y parte de su juventud en la calle León, en lo que es ahora el Barrio de las Letras –cerca del local de marras- y podría ser que recordara la juguetería. Además la anécdota es de las que a él le molan. “Pues no, no lo recuerdo, la verdad –reconoció muy a pesar nuestro- pero ¿sabes quién puede que lo sepa? Mi hermana. Espérate, que ahora mismito la llamo y se lo pregunto” –se ofreció muy diligente. 

Apenas unos minutos más tarde me llamó y, vía mi tía Pili, me confirmó de una vez por todas la magnífica historia de “Mundo fantástico”, la juguetería que creció para convertirse en “Mundo fantástico”, juguetería de adultos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Hojas de otoño

El lunes hacía tanto viento que las calles de mi barrio estaban llenas de hojas, amontonadas en los margenes. Iba yo andando hacia la parada del autobús, arrastrando los pies entre las hojas, y me iba acordando de algo que me dijo mi madre hace ya muchos años: “Ten cuidado cuando hagas eso, que lo mismo hay una caca de perro y te la llevas con el zapato.” Ojalá no me lo hubiera dicho y pudiera disfrutar de ese sencillo placer sin cacas de perro en la mente.

En fin, que pensé: “Pues El Retiro debe de estar ya... que ni te cuento. A ver cuándo voy allí a arrastrar los pies por las hojas de otoño.” Y ayer tocó.


Normalmente cuando voy al Retiro, voy en bici. Esta vez fui andando para poder cumplir mi misión. Me llevé la cámara –tan baja de batería que casi tenía que regatearme las fotos- y a pesar del  pronóstico del tiempo, disfruté de una mañana de sol preciosa.

Todos los cúmulos de hojas me los pasaba arrastrando los pies; no perdonaba ni uno. No necesitaba levantar la vista para saber qué árboles pasaba; veía sus hojas en el suelo: robles, plátanos de paseo, castaños de indias, arces, algarrobos, ginkgo bilobas... cada tipo de hoja de un color distinto. 

Absorta estaba yo en mi entretenimiento cuando un tipo de uniforme con su moto me hizo un gesto con la mano como diciéndome que me saliera de las hojas... “You takin’ to me??” “Sí, es que este árbol está a puntito de caerse” “Ah... ¡pensaba que me intentabas decir que no podía “desparramar" las hojas...” -le dije con una sonrisa. Y continué mi hollar por otro lado. 

Era uno de esos días en que te sientes feliz por ninguna razón en concreto; de gratis. Una alegría radiante injustificada. Todo me despertaba una sonrisa plena; el sol, el viento, los árboles, los colores, la gente... todo era bonito.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Que se infiltre tu madre

Para mi fortuna hacía ya tiempo que no me pasaba eso de verme de repente en el suelo no sabiendo muy bien cómo me había caído de la bici. Un camarero de una de las terrazas de la plaza del Reina Sofía se acercó mientras yo aún me estaba levantando con perplejidad: "¿Te has hecho daño?" -me preguntó. "Pues un poco”  Había parado la caída con la mano, pero lo que me molestaba era el codo. “¿Pero estás bien?" "Sí, sí, creo que sí..." -dije mientras me escaneaba al tacto, como para corroborarlo. "Es que está el suelo muy escurridizo –dijo el chico- no sé qué le han hecho; tiene como aceite..." Yo en seguida até cabos; habían estado limpiando los grafitis de la plaza, y lo hacen con una especie de disolvente a presión como aceitoso. "Has tenido mala suerte de justo resbalarte..." "Mala suerte no; en realidad buena de que no haya sido más. La última vez me rompí el codo."

Mientras me alejaba cabalgando en mi corcel de metal, aún con el shock y el fastidio en el cuerpo, me preguntaba: ¿Por qué será que siempre me caigo en situaciones que no entrañan peligro; siempre por la acera y de la manera más tonta? Aunque supongo que es mejor eso que caerme en medio de la circulación, está claro. Ese positivismo, que no decaiga.

El caso es que a lo largo del día el dolor se fue acentuando, y al final de la jornada me dolía flexionar o extender el brazo del todo, y ni siquiera podía coger el libro con las dos manos. El camino de vuelta en bici fue complicado; tendría que ir al médico al día siguiente -y con un poco de suerte me caería una pequeña baja de un par de días... lo suficiente para llegar al finde –jejeje...

El jueves por la mañana fui al médico. A la médico. La conozco desde lo de la fractura del codo hace ya como cuatro años, y no sé si será consciente, pero la mayoría de las veces que he acudido a ella ha sido por algún traumatismo -quizás debería revisar eso del buen sistema psicomotriz. El caso es que después de mirarme el brazo, de intentar extendérmelo y flexionármelo infructuosamente debido a mi resistencia en forma de quejidos y muecas de dolor, me dijo que habría que hacer una radiografía para descartar una fractura o una fisura, y si no estaba roto, al día siguiente me haría una infiltración.

Una infiltración. No me gustaba nada cómo sonaba eso. “Y eso de la infiltración... ¿en qué consiste exactamente?” “Pues se inyecta en el codo, en la articulación... (blablabla....)” Yo el blablabla ya no lo procesaba. ¿Cómo que inyectarme en el codo? –pensaba mientras ella seguía hablando- ¿No es eso un poco intrusivo para hacerlo así, del tirón? Un poco de paciencia con mi cuerpo, ¿no? Si yo tengo super-poderes de curación, que me lo dice mi chamana fisioterapeuta y quinesióloga. “...y el dolor se va inmediatamente” -concluyó satisfecha.

Mientras ella hablaba y yo me resistía mentalmente a sus cantos de sirenas, no pude evitar fijarme en la pulserita de Power Balance que llevaba. A ver, ¿una médica que da crédito a esa gran estafa? Y me acordé  también de que la última vez que nos vimos, cuando me hice el esguince de tobillo, me habló maravillas de los zapatos esos de Frankinstein, los MBT “...porque están hechos para que camines como los Masai...” ¿Cómorrr? ¿Qué te crees tú lo de los Masai? -pensé para mis adentros- Te la han colao tía; te la han colao a ti también. Así que una vez la hube desacreditado por completo en mi mente le pregunté: “¿Pero cuánto tiempo me podría durar el dolor si no? Es que me da a mí un poco de aprehensión eso de inyectar nada en el codo... ” “Pues un par de semanas más o menos.” “Pues así sea” –pensé pa’mi.


Me firmó una receta para unos antiinflamatorios con lo que adiviné era un gesto contrariado -yo creo que le hacía ilusión eso hurgarme en el codo con una aguja; no lo debía de haber hecho en un tiempo, y como que tenía ganas, la muy sádica. “¿Y hielo y eso me sentaría bien?” –le pregunté. “Sí, el hielo puede ir bien” –aceptó a regañadientes. Nos despedimos hasta el día siguiente cuando recibiera la radiografía y descartáramos la fractura, y entonces ya decidiría yo si me sometía a su particular tortura.

Huelga decir que con mis super poderes sanatorios, los antiinflamatorios y el hielo, unidos todos ellos al miedo al sufrir -que hace milagros- al día siguiente mi codo estaba mucho mejor, y para demostrármelo a mí misma hasta fui a pilates. A la médica le hice una pedorreta cuando la vi y me dijo que no había fractura, y le dije que lo de la infiltración mejor lo dejábamos para la próxima -sin acritud.

Afortunadamente, aunque noté la decepción en su alicaída  mirada, ella misma se debió de dar cuenta de que su infiltración no venía ya a cuento y me dejó ir en paz -demos gracias a Dios.

viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Amnesia reversible?

Pues parece que no era suficiente ajetreo para un día perder un hijo en acogida y tener un encontronazo con la autoridá, porque el cosmos me estaba aún reservando un par de anécdotas más antes de que acabara la jornada.

¿Dónde lo habíamos dejado? Sí; que terminé de customizarme el disfraz. Y aunque me sentía un poco cansada con todo el ajetreo que había tenido por la mañana, haciendolo todo a matacaballo, me puse al ordenador para ver desde la tarjeta de memoria las fotos de despedida que le había hecho a Yodita, y ya de paso descargarlas. Viendo las miniaturas en la pantalla me di cuenta de que tenía muchas fotos que me había descargado ya, y que no quería tener en la tarjeta, así que decidí vaciarla un poco. “A ver... seleccionar estas, clic en el botón derecho... ¿eliminar? Sí. Y estas también. Seleccionar, clic en el botón derecho, ¿eliminar? Sí. Bueno, y ya me descargo las de Yoda. Seleccionar estas, clic en el botón derecho, ¿Eliminar? Sí... ¡¡¡¡¡¡¡NNOOOOOOOO!!!! ¡¡¡¡¡Mierrrrdaaa!!!!!!!"

¿¡Y ahora qué hago!?¡¿Qué se puede hacer!? –empecé a cavilar a toda máquina, resistiéndome a aceptar lo que acababa de sucederme- A ver... ¿Deshacer? Lo intenté, pero nada -aunque ya lo sabía. Miré en la papelera, aunque sabía también que ahí no iban a estar, y en efecto, no estaban. Se las había tragado el agujero negro al que van las fotos que eliminas desde la tarjeta. Mierda, mierda, mierda... Repasé en mi mente todas las fotos que ya no iba a volver a ver de Yoda, y la foto de la familia feliz : Yoda con sus papás, tan buena como era esa... Y bueno, para no pensar más en ello decidí echarme un rato; iba a necesitar estar descansada para la fiesta, y a lo hecho, pecho, ¿qué más podía hacer?

Cuando me desperté de la siesta lo primero que pensé fue en las fotos. Quizás de alguna forma seguían ahí en la tarjeta. Como cuando a Quique se le borró todo el disco duro, y lo llevó no sé dónde y le recuperaron toda la información, porque no se borra del todo. “No me importaría pagar por recuperar esas fotos –pensé- ¿Cuánto pagaría? No sé, veinte euros, o algo así. ¿Y se podrá hacer seguro? ¿Cómo me entero de eso? A ver, San Google...” Me senté al ordenador y tecleé: “recuperar fotos tarjeta de memoria” Clic...y ahí estaba: el primer enlace no patrocinado era de Softonic, la página desde la que me descargo los antivirus y demás programas gratuitamente. Y decía: “Descargar gratis. Recupera archivos borrados en tu disco duro o tarjeta de memoria...” No puede ser; no puedo ser tan afortunada...

Entré en Softonic, vi los programas para recuperar archivos –que había unos cuantos- y elegí “PC inspector smart recovery”, que era el que mejor puntuación tenía. Me lo descargué, lo puse en marcha y lo dejé trabajando, porque iba con el tiempo pegado al culo, y tenía que salir ya para la fiesta. Con un poco de suerte cuando volviera, allí estarían mis fotos de nuevo.

Así fue de hecho, y como muestra, este botón:

 (Haced la prueba de poner el dedo tapando a Yoda... )

En fin, que si todo lo que he contado en estos cuatro últimos posts no fuera suficiente para un mismo día, el cosmos se encargó de regalarme aún otra historia estrambótica y rocambolesca para el final de un domingo apoteósico... pero esa ya me la callo.

Venga, va, te lo cuento si me preguntas en persona.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Un encontronazo con la ley 2

En capítulos anteriores: Cuando Laura intenta adquirir en El Rastro parte del disfraz de Halloween con el billete de 50 euros que la familia adoptiva de Yoda le ha dado minutos antes, es acusada por el gitano del puesto de calcetines de intentar colarle un billete falso, y conducida en presencia de la autoridá.

Iba yo caminando en paralelo al gitano, preguntándome qué necesidad había de ir “a la seño”, cuando aquello se podía resolver en el patio sin más: yo le daba su pasta y sus p**** calcetines, y me llevaba el billete para intentar colarlo en algún sitio. Porque yo ya me veía venir que la policía me lo iba a “incautar”, y yo me iba a quedar con dos palmos de narices y un gran agujero en el bolsillo. Pensé en sugerirle al pibe resolverlo todo entre nosotros, pero me di cuenta de que con el cabreo que llevaba, sólo me iba a servir para despertar más sospechas –si es que quedaba alguna dormida a esas alturas- así que me callé la boca y le acompañé al cadalso.

Cuando llegamos donde estaban los munipas, el gitano les dijo todavía muy alterado y muy nervioso, temblándole la mano que asía la prueba del delito: “Señores agentes, miren, que esta señorita acaba de pagarme con este billete, y mi primo le ha pasado el móvil (¿!) y dice que es falso” Y mientras así decía, le tendió el billete a uno de los munipas, que lo tomó entre sus dedos y dijo, sabiéndose él representante de la autoridad:“¡Y tan falso! ¡No hay más que tocarlo!” Y yo flipada, claro. Entonces el munipa se dirigió a mí: “Señorita; o le devuelve ahora mismo su dinero, o resolvemos esto en comisaría; usted decide.” Hombre, pueees... déjeme pensarlo. Imbécil. Total, que le di su pasta al gitano y se piró con mis calcetines. Yo me quedé con los munipas a ver si conseguía recuperar el maldito billete que la autoridá tenía entre los dedos.

-A ver –dije un poco hartita de la situación- a mí lo que no me gusta un pelo es ser tratada de estafadora, cuando aquí la estafada he sido yo.
-Señorita, aquí no se le ha acusado a usted de nada.
-Bueno, pues devuélvame el billete y me voy –dije intentando quitarle los 50 euros al munipa de entre los dedos.
-¡Un momentito! –exclamó la autoridá- Señorita, escúcheme: no voy a consentir que me quite usted el billete de la mano, ¿me ha oído? Yo haré con él lo que estime oportuno. Y ahora sí, puede usted hablar y argumentar su postura.
-De acuerdo –continué sabedora de que mi discurso me podía valer 50 euracos- ese billete me lo ha dado una chica hace un rato, y si yo no se lo puedo llevar y demostrarle que me ha dado un billete falso, me quedo sin cincuenta euros, que comprenderá usted que no me hace mucha gracia.
-Ha empleado usted el único argumento que me podría convencer –dijo poniendo en evidencia que su autoridad no le alcanzaba para quedarse el billete- Aquí tiene usted.

Cuando tuve el “papelito” en mi mano lo miré con atención. Me sorprendía sobremanera que el munipa hubiera notado tan sumamente rápido que era falso, porque a mí me parecía completamente normal al tacto, y tenía la mancha de agua esa que se ve al trasluz, el holograma...

Entonces me acordé de que hacía dos o tres semanas, cuando Cari se encontró el billete de 500 euros en Argumosa, Cristina le había dicho que en hostelería se hace una prueba muy fácil: se frota el billete con un papel, y si destiñe, es bueno. Volví donde estaban los munipas y les expresé mi duda sobre la falsedad del billete, mientras buscaba un kleenex en mi bolso. Entonces el listillo empezó despojarse de sus vestiduras de sapiencia infinita: “Señorita, yo no le digo seguro que el billete no sea bueno...”  -titubeó mientras yo hacía al billete la prueba del algodón. Nuestros seis ojos miraban con atención la operación. Entonces le di la vuelta al kleenex... ¡y apareció manchado! ¡Toma ya!

“No, si yo no le puedo decir seguro que el billete sea falso... -volvió a retractarse- eso donde mejor se lo dicen es en un banco”. Sí claro, a un banco lo iba a llevar yo, como que soy gilipollas. Entonces habló el otro munipa por primera vez: “Pero es que no tiene el hilo ese...” Volví a mirar el billete con atención, y el hilo parecía estar allí. No conforme con verlo, como un Santo Tomás de la numismática, rasqué el billete en el borde para dejar el hilo a la vista, y allí asomó su tímido brillo. ¡Toma y toma! –pensé- Listillos de mierda...

Total; que con mi billete con toda probabilidad auténtico –o al menos  muy “colocable”- tiré calle arriba hasta el puesto de los gitanos:

-Oye, que sólo vengo a decirte en primer lugar, que yo no te intentaba timar, encima de que me haces el favor de cambiarme, no quiero que te creas eso...
-Pero yo no te he acusado de ná, ni te he insultado ni nada.
-Ya, pero me has llevado ante la policía. Y que además el billete...
-¿Te lo han devuelto? Me interrumpió intrigado
-Sí. Pero es que tiene toda la pinta de ser auténtico.
-Bueno, si yo no te he dicho ná, sólo que mi primo...
-Vale, pero yo no intentaba estafarte, que lo sepas.

Y me piré con una sonrisa calle abajo, sabiendo que me acababa de pasar una historia buenísima, y que la tenía que contar en Cotidianas.

Luego en los chinos a los que voy siempre, pagué un ovillo de lana roja con el billetito de marras. La china lo comprobó y quedó satisfecha, y yo... pues ni te digo.

Después me fui a casa a elaborar mi disfraz, que si se me permite un “fast-forward”, acabó luciendo tal que así:


¿Dónde está Wally?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Un encontronazo con la ley 1

Después de que Yoda se fuera el domingo, me lancé a las calles atestadas del Rastro en busca de mi disfraz de Halloween. No soy yo muy de disfrazarme, de hecho creo que la última vez que lo hice fue hace casi veinte años, pero había decidido hacer un esfuerzo y participar en una fiesta que celebraba Ricardo en su casa. Además tenía una idea de disfraz que me molaba: iba a ir de Wally; discreto, efectivo, y sobre todo fácil -o eso pensaba. Y no se me reproche que no sea de temática de zombies, brujas, fantasmas o dráculas, que en USA no son tan puristas, y la fiesta viene de allí.

Ya el sábado había echado un vistazo por varias tiendas buscando la camiseta de rayas horizontales rojas y blancas sin éxito. Hasta se me había ocurrido comprar la tela y hacérmela yo -ya que tengo máquina de coser nueva- pero había fracasado también en la empresa de conseguir la susodicha tela rojiblanca. El Rastro era mi última opción; miraría en un par de puestos donde tienen las típicas camisetas perrifláuticas de rayas, y si fracasaba buscaría entre la ropa de segunda mano de la plaza de los gitanos.Y si allí fracasaba también, ya se vería.

Cuando ya casi había tirado la toalla, en el tercer puesto en que miré, encontré por fin la camiseta en cuestión por ocho leurillos de ná. Era de una talla L, pero pensé que no sería difícil estrecharla, así que la compré y pasé a la siguiente misión; las gafas las tenía, pero el gorro blanco con el pompón y la banda roja tendría que confeccionármelo también, así que compré un gorro blanco, y cavilando cómo apañarme los complementos rojos llegué a la plaza de los gitanos con el tiempo pegado al culo -ya eran las dos de la tarde y algunos puestos empezaban a recoger.

En un puesto allí vi unos calcetines rojos de estos peluditos y suaves por sólo un eurillo, y pensé que quizás podrían servirme para mi propósito, con lo mañosa y apañá que soy yo; además no tendría muchas más opciones, porque la fiesta era esa misma tarde. Así que decidida a hacerme con los calcetines eché mano del monedero para pagar, y ¡maldición! ¡me  había gastado toda la pasta que llevaba conmigo! Había ido al par de cajeros de mi banco de los alrededores pero me los había encontrado fuera de servicio, y en casa no tenía nada... ¡ah, si... los cincuenta euros de Yoda!

Bajé corriendo la “costa da morte”-que es como llamo a la cuesta sumamente empinada que hay desde la plaza de los gitanos a mi casa- cogí el dinero y subí corriendo de nuevo esquivando gente. Llegué al puesto jadeando y con la lengua fuera, y cuando fui a pagar... el gitano me dijo que no tenía cambio de cincuenta euros. Le supliqué y le supliqué, explicándole que necesitaba los calcetines para un disfraz, y cuando ya estaba maldiciendo mi  mala suerte, el gitano se apiadó de mí y se fue al puesto de al lado apara pedirle cambio a un primo. Al finalizar la transacción le di las gracias efusivamente con mis calcetines en la mano y una sonrisa sincera, y me fui tan satisfecha calle abajo para empezar a confeccionar el disfraz.

De bajada me entretuve en un puesto, mirando ya no recuerdo qué. De repente noté una garra sobre mi hombro; me giré y vi al gitano de los calcetines muy alterado: “Oye –me dijo sujetando el billete en la mano, con cara de tremendo mosqueo- este billete es falso. Mi primo lo ha pasado por el móvil (¿?) y  dice que es falso. Así que acompáñame ahí que está la policía, y lo aclaramos todo".

Continuará.

martes, 2 de noviembre de 2010

Yoda empieza su nueva vida.

El domingo por la mañana venían Juan Ramón y Miriam a recoger a Yodita y llevárselo a su hogar definitivo. Nos habíamos conocido el jueves en el veterinario, aprovechando que teníamos que vacunar a Yoda y hacerle las pruebas de la leucemia, y todos habíamos quedado encantados; JR. y M.iriam porque Yoda estaba sanote y era un gato preciosísimo, como ya habían visto en las fotos del anuncio de solicitud de adopción; Carmen -de la asociación- y yo porque se notaba lo encantados que estaban JR y Miriam, y nos quedábamos tranquilas de que Yodita iba a ser un gato feliz y debidamente mimado, y Yoda... bueno, Yoda no se enteraba mucho, pero se dejaba coger y abrazar por JR, encantado de la vida, y eso sólo podía ser una buena señal.

Todo fue muy bien y la separación no fue nada traumática ni para Yoda y para mí. Claro, yo había tenido un par de días –indispensables- para hacerme a la idea de que se me independizaba el niño, de que ya no iba a pasarme las horas mirándole jugar, ni le iba a tener dormido encima dándome calorcito en el sofá... Y le hice fotos y más fotos, para que pasara a la posteridad lo grande que se había marchado a emprender su nueva vida; fotos jugando con su ratoncito, fotos jugando con Flecha, fotos de él y yo juntos –aún no tenía ninguna- y hasta un par de vídeos.

Guardo en mi memoria la última imagen de Yoda, metido muy tranquilito en su transportín –uno blandito y acolchado- y sacando sus uñitas entre la rejilla de la puerta, como despidiéndose. Sus nuevos amigos humanos se llevaron su cartilla, me dejaron los cincuenta euros de la vacunación para que se los diera a Carmen –siento el detalle prosaico, pero es relevante para más adelante. Y no digo más- y se fueron, no sin antes permitirme que les hiciera una foto de familia a los tres.

Acababa nuestra etapa juntos, y empezaba una nueva vida para Yoda. 

domingo, 31 de octubre de 2010

¡Cotidianas cumple tres años!

Aunque se me ha calificado de underachiever -en una conjunción imposible entre el halago y la ofensa- por no sacarle rendimiento económico a este blog, o por no haber alcanzado reconocimiento público por él, o por no haber conseguido un marido gracias a mi talento como escritora... o vaya usted a saber por qué, yo estoy más que satisfecha de que Cotidianas esté en mi vida.

A pesar de los lapsos en que soy incapaz de publicar una línea y en que casi dudo de que me vaya a volver apetecer escribir. A pesar del esfuerzo que a veces tengo que hacer para sentarme delante del teclado y parir la historia que tengo pensado contar ya hace tiempo, porque no encuentro las ganas de empezar a tirar del hilo. A pesar de que a veces  me pregunto si las cosas que cuento merecen la pena ser contadas, y dudo de que a alguien le puedan interesar los detalles insignificantes de mi vida cotidiana.

Porque todo el esfuerzo que dedico a mantener este blog se ve recompensado con creces, no sé muy bien ni cómo ni por qué –ni voy a intentar desentrañarlo ahora- pero el hecho es que ahí sigo, y está claro que por la pasta no es.

En fin, que para celebrar los tres felices años de Cotidianas, igual que el año pasado y el anterior, dejo aquí unas ventanitas a la nostalgia de cuando los cumplí yo.



miércoles, 27 de octubre de 2010

El vecino informático

Fue Ricardo quien me hizo reparar en él: “Oye, tu vecino ese está ahí con el ordenador a todas horas. Siempre que vengo le veo ahí sentado” Desde entonces no puedo dejar de comprobarlo cuando me asomo a la ventana; parece como las putas del barrio rojo de Ámsterdam, siempre ahí a la vista en el escaparate, "haciendo estampa". Le he visto en tetas, con la camiseta de España, en pijama....


Durante mucho tiempo pensé “Ay, dios mío, qué lamentable este pobre hombre, siempre delante del ordenador. Es que no tiene vida social, ni ná...” Pero un día hice un poquito de auto-análisis; ¿Cuántas horas paso yo aquí delante de la pantallita? Si alguien pudiera verme a mí desde fuera, quizás también podría echarse las manos a la cabeza. Solo para darse cuenta después –a poco auto-crítico que sea- de que él/ella hace algo parecido.

Porque claro, hay tantas cosas que se pueden hacer frente al ordenador, que aunque desde fuera pueda parecer que siempre estamos haciendo lo mismo, no es así. Podemos estar leyendo blogs o noticias, o investigando algún tema que nos interese, o viendo u organizando nuestras fotos, o buscando curro, o buscando un vuelo barato para nuestras vacaciones, o leyendo nuestro correo... incluso podemos estar “socializando”, chateando con algún amigo. Todo está aunado en esta pantallita.

Y lo cierto es que aunque por un lado me siento aliviada con esta justificación, por otra me viene a la memoria la imagen de los humanos de la película de wall-e. Viven sentados en un sillón aero-deslizante, y todo lo hacen a través de una suerte de ordenador futurista que tienen delante de los morros; hasta parecen haber perdido la capacidad de percibirse entre ellos, y para socializar lo hacen únicamente a través de la pantalla.

Cuando nos enganchamos al ordenador es como si viviéramos en una realidad “ficticia” –o una realidad paralela. Parece que “nos movemos”, que hacemos cosas, pero en realidad estamos sentados delante de una máquina, horas y horas, físicamente aislados de los demás. Si nos lo hubieran dicho hace veinte años, nos hubiera parecido demencial.

Termino de escribir el post, me asomo a la ventana y ahí sigue el vecino. Hoy lleva una camiseta roja con el logo de cerveza Duff.

martes, 26 de octubre de 2010

La madre de La Gemela

Como ya sabéis los que me leéis habitualmente, suelo ir a currar en bici. Sólo muy rara vez cojo el bus; si diluvia o en alguna otra circunstancia excepcional. Ayer por ejemplo fui a comer a casa de mis padres, y como queda a un trechito de casa decidí ir en transporte público y desde allí fui directamente a la academia. La verdad es que a la salida del curro me fastidió no tener la bici, y tener que esperar el bus como una vulgar ciudadana no ciclera, y no poder disfrutar de la vuelta pedaleando... pero en fin, aproveché el trayecto para leer un poco.

Al bajarme en la última parada del 27 en la Glorieta de Embajadores, me fijé –como siempre- en las bicis del aparcabicis, y en una chica poco más joven que yo, que estaba descandando una. De repente me di cuenta: ¡¡Llevaba la gemela de Mi bici!!

Hace ya quizás un mes había vuelto a ver a La Bici Gemela precisamente aparcada allí, y no me había podido resistir a dejar una notita sujeta al manillar en la que decía al dueño o dueña poco más o menos que tenía la gemela de su bici desde hacía 20 años, y que ya era la segunda vez que veía la suya por allí. Acabé la nota firmando con mi nombre.

Así que cuando ayer vi a esta chica con La gemela, me dirigí hacia ella muy decidida y muy sonriente para presentarme. Me di cuenta de que me miraba acercarme con un gesto entre intrigado y confuso.

-Hola, soy Laura –le dije- la que tiene la bici igual a la tuya.
-¡Anda! -Me dijo muy sonriente también- Pues oye, te contesté a la notita que me dejaste.
-Ah, ¿sí? Pues no la vi. Bueno, dame dos besos; ¿Cómo te llamas tú? –le pregunté
-Beatriz.
-Pues encantada. Oye, ¿y desde cuando tienes tú la bici?
-Pues desde el principio, como tú. Pero en realidad yo no quería esta, me tuve que llevar la fea, porque no la tenían en amarillo, que era la que yo quería
-¡Oye! –dije teatralmente levantando un dedo- ¡con mi bici no te metas! ¿Cómo que es fea? ¡Yo la elegí!
-Bueno, bueno... Yo ahora quiero pintarla: tengo una idea muy guay.
-Ah, ¿sí? ¿Cómo la quieres pintar?
-Con pintura reflectante.
-Halaaa, mooolaaa...

Sí, repito foto, ¿y qué?

Y bueno, en nuestra muy breve conversación comentó que estaba currando por Embajadores y que solía aparcar ahí siempre. También me dijo que cuando me había visto acercarme a ella  había pensado que quizás era una alumna a quien no reconocía. Así que atando cabos deduzco que es profe –bueno, eso en concreto no es una deducción propiamente dicha; lo que sí es deducción es que quizás sea profe de la Escuela Oficial de Idiomas -que está ahí al lado- porque tiene alumnas que pueden ser de mi edad, y acaba de currar a las nueve y media. ¡Así que tal vez la madre de La Bici Gemela sea profe de inglés también!¡Una profe de inglés que va a currar en bici!

Un día de estos –quizás hasta hoy- me apuesto ahí al lado de su burra con la mía y aclaro estos puntos que me intrigan. Os mantendré informados.

jueves, 21 de octubre de 2010

Flecha y Yoda

Para los que paséis de  los animales y no le encontréis la gracia a mis narraciones sobre Flecha y Yoda –Hola, Pacopepe...- tenéis que entender que estos son ahora mi familia; los seres con quienes comparto mis días... y es imposible que no salgan aquí con cierta frecuencia.

Además como no tengo tele, son como mis dibujos animados de carne y hueso. Me siento,  les observo interactuar, y así paso el tiempo tan entretenida. Ahí van un par de vídeos para que veáis a qué me refiero.


lunes, 18 de octubre de 2010

Una lección de estoicismo

Como buen hurona que es, a Flecha le encanta fisgar por todos lados; en cuanto abro algún armario se lanza a olisquear lo que normalmente le es inaccesible. Por eso el viernes pasado, cuando abrí mi cama abatible para rebuscar entre la ropa de invierno –aún tengo pendiente el dichoso “cambio de armario”- le faltó tiempo para meterse a huronear entre la ropa de cama, toallas y demás cosas que guardo en el canapé. Yodita, que también andaba por allí, se unió a la exploración –Flecha le suele hacer de guía en los divertimentos de la casa- y allí estuvieron los dos, ora husmeando, ora jugueteando en aquel espacio normalmente inaccesible para ellos. Yo estaba encantada de verles ahí, compartiendo juegos como dos hermanitos bien avenidos, y les dejé la cama abierta un rato mientras acababa de arreglarme.


Cuando llegó la hora de salir de casa, puse fin al divertimento de ambos, y llevé a Flecha a su cuarto. Aunque poco a poco he perdido el miedo a que alguno de los dos salga herido en una interacción un poco más efusiva de la cuenta, todavía prefiero evitar la ocasión, y me quedo más tranquila si  en mi ausencia tienen una puerta de por medio; más de una vez he oído un bufido de mala leche de Flecha o de Yoda, y he tenido que mediar entre ellos. Además iba a pasar la noche fuera, y eran demasiadas horas para que estuvieran ahí los dos sin supervisión materna.  En fin, que tras dejar a Flecha en su sitio, cerré la cama, cogí el bolso y me piré.

Al volver a casa al día siguiente sobre el mediodía me extrañó que Yoda no viniera a recibirme, y no verle por el salón. Fui a mi habitación a dejar el bolso y demás, y supuse que me le encontraría dormido en la cama, pero allí tampoco estaba. De repente oí su maullido. “Anda mira, ya no solo maúlla para pedir comida” –pensé- Pero ¿dónde está?” Le oía muy nítidamente, pero por más que miraba por todos los rincones, no conseguía verle. Agucé el oído y por fin me pareció descubrir la procedencia de los maullidos... “oh-oh... aquí hay gato encerrado” Abrí la cama, y efectivamente, de allí emergió el pobre Yoda.

Todo el sentimiento de culpa del que soy capaz se agolpó en mi alma cuando me di cuenta que el bichejo había estado allí encerrado casi veinte horas. Hasta que vi que el tío estaba tan pichi;  aparte de que salió desperezándose, ni corrió a beber, ni se había meado ni cagado dentro... ninguna evidencia de padecimiento. Yo creo que cuando vio que no podía salir entró en modo hibernación. Cuando oyó ruido fuera despertó del trance y a maullar. Y ya salió tan ricamente.

Desde que Yoda está en casa me he dado cuenta de que los gatos son de lo más zen...  haríamos muy bien en aprender de ellos.

jueves, 14 de octubre de 2010

¿Qué realidad?

Esta mañana tenía un mensaje de Amnistía Internacional en mi bandeja de entrada del correo electrónico. El asunto rezaba: “Laura, descubre la realidad que te rodea.” "No, perdona –he pensado indignada- ¿tú qué me vas a decir la realidad que me rodea? Eso te lo diré yo a ti, si acaso”. Ni siquiera lo he abierto, de lo que me ha jodido.

Llevo casi un año sin televisión, y tampoco leo los periódicos, así que no me entero de las noticias hasta que alguien me las comenta. Ayer por ejemplo hablando por teléfono con mi madre, me dijo: “¿Sabes que ya han empezado a salir los mineros chilenos?” “¿Qué mineros chilenos?" –le pregunté yo extrañada. Y claro, la extrañada entonces fue ella; no se podía creer que no me hubiera enterado de nada del tinglado este.

Lo cierto que le noté encantada de ponerme al día del tema; ¡imagínate, una mente virgen en la que verter toda la jugosa historieta minera! Unas horas más tarde, visitando un blog que sigo, me topé con una imagen de un antiguo juego de ordenador al que solía jugar, lemmings, transformado para hacerle simular la mina y el rescate. Y pensé: “Ah... sé de qué va esto...” toda ufana de que no me hubiera pillado in albis. Luego por la noche había quedado con Iñaki, y de algún modo volvió a salir el tema, y él añadió algunos datos que  yo aún no conocía. Y mira, ya estoy informada, ¿para qué quiero más? Cuando hay algo lo suficientemente importante, me acaba llegando de alguna manera. Y si no me llega es que no era tan relevante, y eso que me ahorro.
A veces me avergüenzo un poco cuando la gente comenta cosas –sobre todo de política- y no tengo ni flores de lo que me están hablando. Perdidita del todo. Pero ya he encontrado la forma de justificarme: “No; es que estoy haciendo un experimento, a ver cómo de desinformada puedo estar.” Y no es exactamente eso, pero lo cierto es que la gente lo entiende bien así.

Creo que de alguna manera la realidad la "determinamos" nosotros, y dependiendo de la información a la que atendemos, tenemos una noción u otra de ella. Y yo no quiero pensar que la realidad es lo que me cuentan por la tele o en los periódicos; quiero vivir en la realidad “directa”, la que veo a mi alrededor: mis vecinos, mi barrio, mis colegas, mis compañeros de curro, mis alumnos, el lechero, el cartero... la realidad de mi vida cotidiana.

domingo, 10 de octubre de 2010

Recompensas

Estos últimos días del verano cogí la costumbre de acercarme en bici al parque de los perros a última hora de la tarde, con mi mantita de picnic y un libro, para disfrutar los últimos rayos del sol al aire libre.

Uno de esos días que estaba tirada en el césped leyendo vi un niño como de siete u ocho años, bangladesh o indio, que caminaba hacia mí. Supuse que me iba a preguntar la hora, y le seguí con la mirada con curiosidad mientras se acercaba. Al llegar a mi altura se dirigió a mí: “Señora… -empezamos mal- me podría prestar la bici para dar una vuelta?”

Estoy acostumbrada a que me pidan la bici los tíos en el barrio - casi siempre negros y marroquíes- supongo que como forma de iniciar un torpe flirteo. Y no me cuesta en absoluto sonreirles de buen rollo y con cualquier razón improvisada decirles que no. Y me quedo tan ancha, oiga. Pero jo, un niño…

Yo pensaba; este pobre, que le apetece darse una vuelta en bici, ¿y yo le voy a negar el gusto? Pero claro, es que cualquiera se fía. “Pero… no te vas a ir lejos, ¿no? Te vas a quedar por el parque, que yo te vea…” Y mientras se lo decía, me decía a mí misma que si al chavalín le daba la gana se podía poner a pedalear a toda leche, pasarle la bici a un adulto forajido y dejarme a mí con dos palmos de narices presenciándolo todo. El niño debió de leer la expresión en mi cara, e interrumpió mis cenagosos pensamientos: “Yo nunca he robado nada.”

Me desarmó tanto su franqueza tan inocente y sin rodeos que no pude resistirme; “Veeenga, vaaleee…” Le bajé un poco el sillín, el niño se montó en la bici –enorme para él- y se puso a pedalear con dificultad pero alegremente. Mientras se alejaba yo no podía evitar seguirle con la mirada, pensando “imagínate que no vuelvo a ver a Mi bici, la cara de gilipollas que se me iba a quedar.” Cada vez que perdía de vista al niño me inquietaba, para luego sentir gran alivio al verle reaparecer. Al cabo de un ratillo de inevitable zozobra me empecé a tranquilizar pensando que si hubiera querido darse a la fuga ya lo hubiera hecho, y con este argumento me forcé a mí misma a relajarme y seguir con mi lectura.

Al cabo de unos minutos el niño volvió, se bajó de la bici como pudo y me dio las gracias con una sonrisa satisfecha. Mantuvimos un breve intercambio de frases en que me comentó que el último día que le habían prestado una bici, era tan grande que se había hecho daño “aquí” -mano en la entrepierna. Antes de despedirnos le dije que si otro día me veía por allí, que me volviera a pedir la bici, y el niño se fue trotando alegremente hacia donde vi que estaban su madre y su hermano.

El sol ya se estaba poniendo y empezaba a refrescar, así que recogí el “ranchito” y me monté en la burra. Cuando iba a empezar a pedalear, una chica como de mi edad que había presenciado todo se dirigió a mí:

-¿Qué ha dicho el niño? ¿Que no te la iba a robar?
-No; que nunca había robado nada. Qué majo, pobre… -contesté conmovida recordándolo.
-Sí, claro, como para fiarte. Porque claro, no son ellos, son sus padres, que los ponen a robar, y luego… -blablabla quejumbroso durante un buen rato. Yo esperando el momento de cortarla.
-Ya, pero mira, este niño lo único que quería era darse una vuelta en bici, y yo… yo me vuelvo a casa con una alegría de haberme fiado y que me haya salido bien, y él se ha dado su vuelta en bici, y todos tan contentos.
-Sí bueno, porque has tenido suerte. Pero yo el otro día en la T4, se me acercaron unos chicos y… - más blablabla de tía amargada.
-Bueno –le interrumpí- que yo tengo que irme…

Y allí le dejé con su mal rollo; a mí que no me enturbiara mi alegría una blablablera resentida.
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El caso es que ayer me acordé de esta historia, porque después de casi tres semanas, Cristina, la rescatadora del gato, se pasó por mi casa para hacer una visita a Yoda y de paso devolverme los 20€ que me había pedido prestados. Huelga decir que la pasta es lo de menos, pero me da mucha satisfacción y mucha alegría confiar en alguien, y en contra del pronóstico de muchos, no ser defraudada.

Además me da argumentos para seguir confiando.