jueves, 30 de abril de 2009

Los tesoros de Flecha

Flecha guarda la mayoría de sus tesoros debajo del sofá. Sus tesoros consisten básicamente en cosas de goma, como ya he comentado aquí en alguna ocasión. Tiene un erizo, varias pelotitas, una pata de pollo, una bolsa de agua caliente que me perforó y se la doné generosamente...

Por alguna razón de vez en cuando le gusta trasladar sus tesoros del sofá a mi habitación o a su habitación, y luego, solo unos minutos más tarde, vuelvo a verla corriendo, llevándolos en la boca de nuevo debajo del sofá. Querrá que vean mundo, no sé. Sobre todo lo hace con la pata de pollo, y a mí me encanta verla haciéndolo, tan dispuesta, como si fuera muy importante.

Siempre pienso que tengo que grabarla haciéndolo, pero para cuando quiero coger la cámara, ella ya ha acabado la operación. Ayer, cuando la vi trasladando una de mis zapatillas desde mi habitación a debajo del sofá pensé: "Esta es la mía. ¡Ahora va a ir a por la otra!" Y efectivamente. Aquí está para que lo veáis todos; uno de sus más espectaculares traslados.

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jueves, 23 de abril de 2009

Un email a Federico

Federico… ¡¡¡Tengo noticias suculentas de La Alemana!!! La vas a flipar. Anoche llaman a la puerta, abro y ahí estaba ella. Me dice que este domingo se pira de su piso –oh… mira que me da lástima- que tiene que hacer la mudanza y que la mejor forma de hacerla es por el patio, bajando las cosas por la ventana. Y que si podría dejarle la llave del patio. Y yo “claro, sin problema…” y salta ya con su tonito amargado “…porque yo tengo derecho a tener esa llave igual que los demás vecinos…” “Ya, ya, si da igual lo del derecho o no, si yo te paso la llave encantada, Traude…” Entonces me acordé de la misión que me encomendaste cuando te fuiste, de enterarme de cómo coño hacía esos ruidos que parecía que se nos caía el techo encima, y me di cuenta de que esa sería probablemente la última ocasión de averiguarlo, así que le digo intentando sonar lo menos agresiva posible, con una sonrisa de buen rollo fingido:

-Oye, tengo una curiosidad; esos ruidos que haces en tu casa a las tres de la mañana, y a las siete de la mañana, que suena como si tiraras un mueble… ¿Cómo los haces?

-Pero si yo no hago ningún ruido. Si eres tú, cuando vuelves a casa por la noche.

-Esto... yo no vuelvo a casa a las tres, yo estoy en mi casa durmiendo y me despiertan unos golpes que se me sale el corazón por la boca -eso sin exagerar, ya exagerando...- A las tres, y a las siete de la mañana. ¿A las siete tampoco los haces tú, cuando te levantas?

-Yo tengo la suerte de no tener que madrugar. Me levanto sobre las ocho…

-Pues me dejas alucinada. Porque te acuerdas que te mandé una nota el año pasado, porque mi compañero de piso y yo no podíamos entender esos golpes…

-Ya, yo la recibí y me quedé flipada, porque siempre pensé que eras tú. No sé, deben de venir entonces de otro sitio…

Así que ya ves. No sé si me resigno a creerme que no es ella; habrá que ver si los golpes siguen o no cuando se haya ido. Pero claro, yo ahora reflexiono que si siguen, significaría que estos casi diez años nos habríamos estado “odiando” mutuamente sin ningún fundamento. Eso sí, tendría que enterarme de dónde coño vienen los golpes para odiar a la persona adecuada, claro, y aclararle al nuevo vecino que venga que no soy yo la que los da, para no empezar con mal rollo con él también. Hasta se me ha pasado por la cabeza intentar averiguar… si murió alguien en el bloque en extrañas circunstancias entre las tres y las siete de la mañana… XD

Seguiremos informando. Venga, espero que todo vaya bien. Un abrazo.

martes, 21 de abril de 2009

Mi viaje a Santiago

El pronóstico del tiempo daba un cien por cien de probabilidad de lluvia en Santiago el día de mi llegada. Ya me había hecho a la idea, además Galicia es lluvia; es parte de su encanto. Pero cuando llegué al aeropuerto sobre las diez y media de la mañana, hacía un sol radiante. Eso sí, media hora después, esperando para entrar al autobús que me llevaría a Santiago, empezó a lloviznar.

Había olvidado coger la dirección o el teléfono del hotel en el que había hecho la reserva, así que antes que nada tendría que buscar algún sitio con wifi; como suelo viajar ligera de equipaje, no me importó, de hecho casi me alegré de tener una razón para no ir directa al hotel, que estaba en la zona nueva, y poder ir al casco antiguo nada más llegar. Desde el autobús iba viendo ese paisaje verde tan verde que tiene Galicia, y me di cuenta de cuánto lo echo de menos al vivir en Madrid. La mayoría del camino iba pensando casi con incredulidad “Ya estoy aquí; en unos minutos voy a estar en Santiago”.
El autobús me dejó en la Plaza de Galicia, en la zona nueva. Reconocía la plaza, pero no me acordaba de dónde estaba nada, no sabía hacia dónde tenía que dirigirme, y me entristeció un poco haberlo olvidado todo. Había vivido allí un año, y Santiago no es tan grande, pero de eso habían pasado catorce años, y no recordaba nada. Comencé a andar hacia donde me llevó mi intuición, y poco a poco me fui sorprendiendo de cómo mis pies sí parecían conocer el camino. En seguida llegué al casco antiguo. Aún no acababa de asimilar que ya estaba allí, en Santiago. Aunque volvía a brillar el sol, las calles, de piedra, estaban aún mojadas, y tenían ese brillo tan especial que hace que Santiago sea tan bonito incluso cuando llueve.

Me cruzaba con la gente y oía retazos de sus conversaciones, cantadas con ese acento tan dulce que parece que te mece y que te acoge. Iba recorriendo las calles que tantas veces había andado, reconociéndolas; Rúa do Franco, Rúa do Vilar… el pecho me iba a estallar de alegría. De repente sin darme cuenta había llegado a la Plaza de Platerías –mi plaza favorita de Santiago, una de las que hay alrededor de la catedral- justo cuando sonaban las campanadas de las doce. Un músico de jazz estaba tocando la guitarra. Creía que iba a llorar de felicidad. Incluso ahora escribiéndolo me sobrecoge recordarlo; fue un momento mágico.

No voy a extenderme en detalles sobre cómo pasé los cuatro días que estuve allí, pero sí diré que hubo cientos ocasiones en los que me di la enhorabuena por haber decidido ir, en los que me alegraba inmensamente de “haberme llevado” allí, y hasta me daba las gracias. Me decía a mi misma en voz alta “¡Qué lista he sido!” o con una sonrisa entre ufana e infantil: “Ah… ¡gano!” Llevaba una sonrisa permanente en los labios de la que solo era consciente cuando me daba cuenta de que la gente se me quedaba mirando. El último día, que había llovido, iba haciendo mi ronda de despedida por Santiago y me llegó un rayo de sol entre las nubes. Miré hacia el cielo con los ojos entornados y esa sonrisa de placidez y agradecimiento. Entonces oí a mi lado: “The sun is good for your heart” Miré y vi un guiri que me estaba mirando a su vez con una sonrisa “I know... and for your spirit” Luego nos deseamos un buen día y seguimos nuestros caminos.

Me ha sorprendido mucho descubrir lo bonito de viajar sola. No digo que sea mejor que viajar acompañada, solo que no es peor. Yo no soy líder, así que cuando viajo acompañada me suelo amoldar con bastante facilidad a lo que deciden los demás. Claro que también tengo mis propias opiniones, que a veces hago valer, pero suelo adaptarme sin poner demasiadas objeciones. Estos días sin embargo era todo tan fácil… no hacía falta consensuar, no hacía falta poner nada en común; simplemente hacía lo que quería en todo momento. Cuando quería y al ritmo que quería.

Estoy segura de que haré más escapadas sola, ahora que he aprendido que me gustan, pero parece que El Camino de Santiago en bici no será la próxima, porque hablando con Quique a mi vuelta me dijo que también él tenía muchas ganas de hacerlo. Además llevamos mucho tiempo queriendo hacer un viaje los dos solos; veinticuatro años hace que nos conocemos y aún no se había dado la ocasión. Si todo sale bien, este será el primero, y añadiré una más a mi lista de razones por las que Santiago es una ciudad especial para mí.

miércoles, 15 de abril de 2009

Haciendo las cosas diferentes

No tener pareja estable tiene un inconveniente pragmático muy claro en mi caso; cuando llegan las vacaciones se produce una estampida centrífuga de todos mis amigos, de dos en dos, y yo me quedo colgada en el epicentro. Esta Semana Santa vi que la desbandada se iba a producir como otras veces, y empecé a sentirme frustrada pensando que llegaría el verano y muy probablemente me volvería a pasar lo mismo, una vez más… “Pues aunque no me haga ninguna gracia eso de viajar sola, más me vale ir haciéndome a la idea; ¿no había decidido hacer las cosas diferentes?”
Efectivamente esa fue mi “New year’s resolution” de este año: “hacer las cosas diferentes”. Leí en algún sitio cómo muchas veces tomamos nuestras decisiones basándonos en lo que hicimos en otras situaciones similares, y así actuamos de la misma manera una y otra vez, limitando nuestras experiencias de forma drástica. Nos da miedo cambiar, o pereza. Si en alguna de esas ocasiones no fuéramos tan conservadores, y tomáramos un camino diferente al de siempre, nos daríamos a nosotros mismos el regalo de vivir experiencias nuevas. Casi una vida diferente.

Estaba claro; este verano no me iba a quedar colgada otra vez; me iría a hacer el Camino de Santiago en bici sola. Los dos últimos veranos había intentado en vano convencer a Heather de que se viniera conmigo, y este verano no tenía pinta de que la cosa fuera a ser distinta, así que la única opción si quería hacerlo era evidente. Tal vez si empezaba a planearlo ya, podría ir superando mi propia reticencia poco a poco. Dicen que hasta el viaje más largo comienza con un solo paso; en mi caso comenzó con un “click” en Google.

No estoy muy segura de cómo acabé decidiendo ir a Santiago esta Semana Santa en vez de esperar al verano; probablemente porque me di cuenta de que todos mis amigos se piraban y yo me iba a quedar más sola que la una. Además necesitaba urgentemente salir de Madrid. O quizás me entraron las ganas cuando empecé a ver fotos de Santiago en Internet, no sé.


El caso es que tanteé primero si habría alojamiento, luego tanteé precios de trenes y vuelos. Pensé que el avión era desde luego mucha mejor opción... poco a poco iba viéndolo como posible. Busqué las fechas para las que había vuelo asequible, pero antes de comprar el billete tenía que asegurarme de que tenía hotel. Reservé el hotel. Para cuando me mandaron la confirmación de la reserva y fui a comprar el billete, el precio casi se había doblado en unas horas –es lo que tiene hacer estas cosas en último minuto.
Me planteé abortar la misión, pero decidí darle otro empujoncito y volver a comprobar cuándo había vuelos “baratos” en ese momento. Cambié la reserva del hotel –esta vez por teléfono- y volví a la página para comprar el billete inmediatamente. No sé si os ha pasado a vosotros; te dicen que el billete cuesta un precio y cuando vas a comprarlo empiezan a sumarte tasas, ¡facturación del equipaje!, gastos de gestión… acabé pagando por el billete un precio que nunca hubiera pensado pagar, pero ya no podía quedarme sin ir a Santiago.

Cuando ya estaba todo hecho y en la pantalla de mi ordenador decía que el billete había sido adquirido me quedé delante del portátil, siendo consciente de todo, sintiéndome… jodida pero satisfecha. O viceversa.

lunes, 13 de abril de 2009

¡Como una Flecha!

Cuando yo estoy en casa Flecha tiene libre circulación. Mientras está despierta, mucho del tiempo suele perseguirme por toda la casa a ver lo que voy haciendo; si estoy en la cocina ella se queda quieta a mis pies, mirando para arriba a ver si le toca un poco de tortita de arroz, que le encanta. Cuando le doy un trocito, lo coge y sale corriendo debajo del sofá a comérselo. Si abro un armario, ella se mete a olisquear lo que hay dentro. Si voy a hacer pis, ella se sube a la papelera, de ahí se mete en la bañera y espera mirando para arriba; entonces yo dejo correr un poco el agua del grifo y ella bebe. Cuando voy a hacer la cama la subo encima y ella juega a esconderse detrás de las almohadas; saca la cabeza, con la boca muy abierta, y yo hago amago de ir a cogerla, y ella mete la cabeza otra vez. También le encanta que agite el edredón, como para airearlo por encima de ella, y da unos saltos huronianos de alegría graciosísimos. Y cuando se cansa de tanto ajetreo se va al salón, al sofá, y se mete a dormir en su escondrijo –a los hurones les encanta dormir; duermen hasta veinte horas al día.

Estos días que he ido a Santiago Flecha ha estado recluida en su habitación, la pobre. En su habitación tiene su jaula con su comida, su agua y su hamaquita, pero la jaula está siempre abierta, de forma que la mayoría del tiempo pasa de hamaca y duerme en la cama, debajo de un edredón de plumas estupendo, hecha un donuts. Mis padres se quedaron encargados de pasarse por casa para darle agua, comida y un ratito de compañía, pero claro, no es lo mismo una horita pululando por la casa con dos “extraños” que cuando estoy yo, que sale cuando quiere y tenemos nuestras rutinas, y nos conocemos bien.

Cuando volvía de Santiago me preguntaba cómo iba a reaccionar al verme, si iba a estar como siempre o se le iba a notar que me había echado de menos: LOCA estaba; creo que nunca la había visto así. Después de saludarla, y darle besitos y dejarme lamer la mano etc. estaba intentando leer sentada en el suelo delante del sofá y la tía no paraba de morderme, como cuando quiere llamar mi atención -y la jodía busca chicha; no le vale morder encima de los pantalones o de la manga del jersey; va a los tobillos, a las manos…-. Pero es que estaba descontroladísima y mordía mucho más fuerte de lo que suele hacerlo; así que viendo cómo estaba la cosa dejé el libro y me puse a jugar con ella, a perseguirla, y bueno… espídica perdida estaba.

Para muestra, este botón.

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(con sonido mejor, para oír los pasos acelerados de Flecha sobre el parqué)

jueves, 9 de abril de 2009

Emancipación

Santiago fue la ciudad en que me emancipé. La ciudad que elegí para vivir mi primer año independiente fuera de la casa de mis padres. Y mi primer año viviendo con Guy.

Siempre había fantaseado que cuando acabara la carrera me dedicaría a viajar y recorrer el mundo, currando de camarera en la ciudad que tocara, y luego en la siguiente, y luego en otra más... Pero entonces conocí a Guy en mi “año Erasmus” en Ámsterdam. Él acababa su carrera ese curso, así que al finalizar se vino a España. El primer año vivió en Madrid, el segundo yo hubiera querido que nos fuéramos a Inglaterra, pero él quiso quedarse un año más y perfeccionar su español. “Vale, pero nos vamos a Santiago” dije yo.

Estaba ilusionadísima con vivir con él; despertarme cada mañana a su lado, en nuestra cama, no tener que quedar con él, porque después de trabajar, volveríamos a casa... La realidad resultó mucho más dura de lo que había imaginado; no teníamos ni un duro, así que no teníamos tele –subíamos a casa de un vecino a verla- no teníamos línea de teléfono –acababan de salir los móviles y eran absolutamente prohibitivos para pipiolos como nosotros- no teníamos ordenador –no existían los portátiles y los de sobremesa no eran habituales. Internet era algo que tenían los americanos. Para rematar las cosas, Guy se apuntó a un equipo de rugby en La Coruña, y muchos fines de semana jugaban en otras provincias, y yo me quedaba sola. No conocía mucha gente en Santiago; trabajaba dando clases particulares de inglés, así que mis relaciones sociales eran bastante restringidas, sobre todo los primeros meses. Los fines de semana que Guy se iba yo me los pasaba leyendo, dando vueltas sola por la ciudad y buscando entretenimientos. Aunque tenía mi bici, la lluvia la hacía inviable la mitad de los días –si no más. Aún así recuerdo aquel año con una terrible nostalgia.

La casa en que vivíamos estaba “lejos” de Santiago, a diez minutos a pie del Obradoiro, en la dirección en que “no había nada”; Rua das Hortas para abajo. Los primeros cinco minutos eran efectivamente huertas de berzas. Recuerdo una noche de vuelta de pedo; Guy se metió en una de las huerta y arrancó una de cuajo, se acercó a mí medio zigzagueando y me la dio como si fuera un ramo de flores: “Toma, amorrr… ” A la mañana siguiente, superada la sorpresa de ver la berza en la cocina -“¿¡Y estooo?!... Ah… ya me acuerdo…” cogimos unas cuantas patatas de un saco enorme que la casera tenía debajo de la escalera, y sumado al chorizo y la morcilla de Villager que mis padres nos habían dado, nos salió un pote que nos supo a gloria, más aún por cómo nos lo habíamos apañado. Mi madre me había dicho antes de irme a Santiago “Laura, eso de Contigo pan y cebolla no funciona”. Pero a mi el pan y cebolla me sabía riquísimo.

La zona donde vivíamos era una especie de pueblecillo que se llamaba Rueiro das Figueiriñas. En realidad era como un barrio, pero era un pueblo. No había calles, calles. Apenas llegaban coches –sólo algunos pocos de quienes vivían allí- y por la mañana se oían los gallos cantar, algunos perros ladrar, y cuando se callaban, el sonido del río que corría a apenas unos metros detrás de nuestra casa. Y los pajaritos.

Cuando por fin llegó la primavera Guy y yo salíamos a dar vueltas por ahí con nuestras bicis: recuerdo decirle que los dos juntos, así, montando en bici, parecíamos la imagen de una pareja feliz de una caja de condones. Cómo no añorar aquellos tiempos.
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(Nuestra casa era la naranjita del fondo)

lunes, 6 de abril de 2009

Cómo aprendí a montar en bici

Era una bonita mañana de junio. Mis padres, mi hermano Manolo y yo habíamos ido al parque de El Retiro a disfrutar del sol, y para mayor aliciente, habíamos llevado la BH plegable de Manolo en el coche. Yo tenía seis años y aún no había aprendido a montar en bici, así que mi hermano, que me sacaba dos años, se ofreció a darme una vuelta sentada en el transportín. Desafortunadamente nos caímos, y me rompí la pierna.

Tuve la pierna escayolada hasta la ingle lo que a mi tierna edad me pareció una eternidad, aunque probablemente no llegara a un par de meses. Como no podía andar me desplazaba por la casa sobre una mantita a la que llamábamos “el seiscientos”; me sentaba en ella y me impulsaba con las manos deslizándome así por los suelos de la casa. Nunca el parqué de nuestro hogar lució tan brillante.

Para cuando se me pasó el miedo a la bici yo ya tenía ocho años y me sentía demasiado mayor para hacer el torpe en público intentando aprender, así que si mis amiguitos quedaban para montar en bici, yo me bajaba con los patines. Recuerdo lo apenada que me sentía cuando veía Verano Azul y pensaba que si me hubieran querido coger para ser actriz en la serie no hubiera podido hacerlo porque no sabía montar (!).

Muchos años después cuando iba a la universidad, estábamos Cari y yo visitando a Paúl y a Eva, que vivían ambos en Soto del Real en la sierra de Guadarrama, y había por ahí una bici –creo que de Eva. No sé por qué me dio por subirme y probar; me puse a pedalear a toda velocidad, y ¡aquello avanzaba y no me caía! Yo la estaba flipando, dejando atrás las carcajadas cada vez más lejanas de estos tres; según me explicaron después, resultaba graciosísimo, rozando el ridículo, verme utilizando el culo de timón. Pero a mí me daba igual, ¡había montado en bici! Luego volví a intentarlo un par de veces más infructuosamente; necesitaba una recta larga para coger velocidad, si no, no podía mantener el equilibrio. ¡Pero había visto que era alcanzable!

El verano siguiente Cari y yo habíamos llegado a Santiago después de recorrer la costa Gallega desde Vigo a pie y a dedo. Durante todo el viaje habíamos visto mucha gente que iba en bici, con sus alforjas a los lados… aquello me pareció lo más guay que se podía hacer, y le dije a Cari: “Tía, al año que viene tenemos que hacer este mismo viaje en bici” Ella, que había sido testigo de toda mi trayectoria ciclista, tuvo el buen gusto de no reírse en mi cara, y me recordó con todo el tacto de que fue capaz, que… no sabía montar. “Ya, pero aprendo”.

A mi vuelta de vacaciones, para que no se me pasara el ímpetu, estuve una buena temporada bajándome con mi madre al parque de detrás de casa, cada una con una bici –siempre a la hora de comer, cuando menos testigos podía haber de nuestra torpeza- para “perfeccionar” mi estilo. Mi madre había aprendido a montar ya de mayor y aunque no lo dominaba del todo, o precisamente por eso, me ayudaba con sus consejos inapreciables y me daba apoyo moral.

Con apenas un par de meses de experiencia “ciclera” Cari y yo nos apuntamos a un grupo de bici de montaña que había en la Universidad. Con un par. Claro, en la primera salida yo me di tantos leñazos absurdos que se oyó a alguien comentar por ahí: “Joder, y luego dicen que montar en bici no se olvida” Nosotras nos callamos como perras y nunca confesamos la verdad, no tanto por vergüenza sino por que no me tacharan de temeraria. Seguimos haciendo salidas casi todos los meses, y pronto decidí comprarme una bici para no tener que alquilar una con cada salida. Me costó 54.700 pts, y lo sé porque aún conservo el recibo –y la bici; mi bici.

Al año siguiente, como no podía ser de otra forma, fuimos a Santiago en bicicleta. Pero esta es sólo una de las razones por la que Santiago de Compostela es una ciudad especial para mí.