domingo, 26 de julio de 2009

El pepino feo

Desde hace poco Mercadona, mi "supermercado de confianza", ofrece la opción de servirte tú mismo tus propias frutas y verduras. Todos sabemos cómo va esto: te pones un guante de plástico y vas metiendo en tu bolsita por ejemplo los tomates, eligiendo -claro está- los más bonitos, los más rojos, los que están en su punto justo de madurez. Luego posas la bolsa en la báscula, das a la tecla correspondiente y la maquinita te da una pegatina con el precio, que pegas en la bolsa. Metes otro par de tomates gratis, cierras la bolsa y siguiente. El viernes, cuando estaba haciendo mi recolección para el gazpacho me encontré este pepino.


“Ay, pobre, míralo. Este no le va a coger nadie, pudiendo elegir cualquier otro. Este se va a quedar ahí hasta el final de la caja, y entonces lo pasarán a la caja siguiente, y volverá a quedarse el último, y así sucesivamente hasta que al final del día siga ahí y acaben tirándolo. No le auguro un buen futuro a este pepino.

Lo raro es que no lo descartaran en la recolección, tal y como están de exigentes con el aspecto de frutas y verduras; vas a los mercados y todas las naranjas son del mismo tamaño y sus cáscaras no tienen mácula. Y las manzanas, que parece que las han pulido con cera abrillantadora.


Pero quien cogió este pepino en la huerta pensó que valía. Y claro que vale; lo pelas y es igual que los demás, pero es que míralo, hasta pelarlo debe de ser difícil. Se va a quedar ahí, el pobre…”


La última frase la pensé ya cogiendo el pepino con mi mano enguantada, metiéndolo en la bolsa y sintiendo que estaba dando sentido a toda la cadena que lo había traído hasta mí.

sábado, 18 de julio de 2009

Investigaciones sobre el FPE

Quizás esté haciendo funambulismos sobre la delgada línea que divide lo publicable en este blog, de lo que debería circunscribirse a la esfera de las reuniones íntimas, pero… esto no me pasó a mí, sino a una amiga. Y creo que… me lo ha pasado por escrito, así que aunque esté en primera persona, es porque lo escribió mi amiga y yo sólo lo publico. Como lo de Cari. Por lo tanto declino toda responsabilidad sobre lo que viene a continuación.

“Cuando fumo chismes me sucede un fenómeno muy peculiar, y es que puedo estar mucho tiempo sin ir al baño, pero cuando por fin voy, estoy desalojando líquido durante lo que me parece una eternidad. Con una mente científica e inquisitiva como la mía, este tema me ha intrigado durante mucho tiempo, ya que según yo lo veo, existen tres hipótesis:

H1: Solo me parece que estoy más tiempo haciendo pis, debido a la distorsión de la percepción del tiempo causada por el cannabis.

H2: El tiempo durante el que hago pis es mayor, pero el volumen de líquido desalojado es el mismo. Esto se puede deber a que por alguna razón el pis sale más despacio.

H3: En efecto hay un mayor volumen de líquido.

Cuando he compartido mi intriga con algunos allegados, estos han confesado haber observado también el Fenómeno de los Pises Eternos (FPE) tras el consumo de cannabis, y han compartido mis dudas respecto a las posibles explicaciones, no decantándose con seguridad por ninguna de las hipótesis expuestas arriba. Decidí entonces un día ponerme manos a la obra para dilucidar la verdad sobre este importante dilema.

En primer lugar había que medir el tiempo de micción (TM) en circunstancias normales, y tras el consumo de chismes. Varias personas de mi entorno se dejaron convencer encantadas de colaborar en mi investigación, cronometrando sus TM; los resultados revelaron diferencias significativas, ya que el TM sin consumo rondaba los 15-20 segundos, y tras el consumo oscilaba entre los 25-45 segundos. Quedaba así descartada la primera hipótesis.

Para contrastar la segunda hipótesis, sólo había una respuesta: medir el volumen de micción (VM) Este asunto resultaba mucho más aparatoso, y durante muchos meses fue solo un proyecto en mi mente, esperando ver la luz.

El año pasado, una noche en que mi hermano M. y yo estábamos en casa compartiendo unos chismines, decidí sacar a colación el FPE y mis investigaciones en curso, para conocer su opinión al respecto. He de decir que me sorprendió su genuino interés por el tema -supongo que no en vano somos hermanos- y cómo se animó de buen grado a especular sobre las cifras entre las que podría oscilar el VM. Después de un rato de especulaciones y con su sonrisa divertida siguiendo mis movimientos, cogí una botella de agua mineral, le corté la parte superior y me metí en el baño dispuesta a conseguir mi primera medida de VM.

Como la botella era color azul oscuro, me dio menos pudor enseñarle la muestra recogida al salir del baño. Su volumen era bastante menor de lo que yo había imaginado: no llegaba ni a la mitad de la botella. “Eso serán unos 300 ml, diría yo” –comentó mi hermano. Cuando me disponía a deshacerme de la muestra, me detuvo: “Espera, espera: hazle una marca antes, y así lo llenamos de agua y la medimos con una jarra de medir, ¿tienes una?” ¡Claro que tenía una! El resultado fueron unos tristes 350ml de VM, cuando yo había imaginado algo más cercano al litro. Bueno, quizás entonces la hipótesis vencedora era la que afirmaba que el pis era desalojado más lentamente, dando así la sensación de que había mayor volumen. Me sentí absurdamente decepcionada.
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Hacía mucho que no veía a H. Ayer estuvimos en El Retiro viendo la puesta de sol desde el césped de la orilla del estanque, amenizando el momento… efectivamente, con unos chismines. En cuanto el sol se hubo puesto empezó a refrescar y decidimos irnos, pero de repente me di cuenta de que antes tenía que pasar urgentemente por el baño. Nos acercamos a los baños públicos, pero ¡Oh fatalidad! ya estaban cerrados. “¡Noooo...! –pensé con preocupación- ¡Esto va a ser un sufrimiento hasta llegar a casa!” Mientras conducía mi bici hacia la salida me planteé parar entre algunos discretos matorrales, pero siendo viernes, El Retiro estaba demasiado transitado para un pis furtivo. Estimé que no tardaría más de diez, quince minutos en llegar a casa, y si veía que no aguantaba, siempre podría parar en un bar de camino.

No sé de dónde saqué la lucidez para pensar en el FPE antes de meterme corriendo al baño al llegar a casa, ni en cómo conseguí aguantar mientras le cortaba la parte superior a una botella de agua mineral de un litro con el pulso casi temblándome con las prisas; el caso es que lo hice. Y mientras recogía la muestra, se me iba dibujando una sonrisa de satisfacción cada vez más grande, porque pasaba la línea media y seguía, y seguía… No quiero sonar ufana, pero alcancé sin dificultad un VM ¡de 900ml.!

Con qué complacencia miraba la muestra, pensando que todo aquel volumen estaba un minuto antes dentro de mí; haciéndome consciente de la asombrosa capacidad de mi vejiga.

Y aunque estrictamente hablando aún no tengo suficientes datos para corroborar la tercera hipótesis… he decidido que bien puedo dar aquí por concluida mi investigación."

miércoles, 8 de julio de 2009

Rutinas cotidianas

La mayoría de nosotros tenemos nuestras pequeñas rutinas antes de salir de casa: verificar que llevamos llaves, cartera y móvil, quizás cerrar bien todas las ventanas, apagar el gas...

A continuación, un vídeo de una de mis ineludibles rutinas cotidianas.

domingo, 5 de julio de 2009

Plantilla artificial

Anoche mientras hablaba por teléfono con mi madre observé la sombra que proyectaba una de mis plantas en un trocito de pared del salón. “Anda, mira qué bonita queda.” Me recordó a esas plantillas de vinilo que se pegan en las paredes o en los techos, que son tan chulas pero que te cuestan una pasta, y pensé… “¿Y si…?”

No esperé ni a colgar, no fuera a ser que me pasara la inspiración; cogí un lápiz, y mientras mi madre me contaba los detalles de la boda tan fantástica a la que había ido el día anterior, en el Sagrado Corazón -"…Preciosa, Laura. ¡Lo que me hubiera gustado a mí que tú te hubieras casado en mi colegio! Porque bla, bla, bla…”- yo iba marcando el perfil de la silueta con el lápiz, aplicadamente…“Sí mamá… ahá… ahá…”

Esta tarde después de ir a una exposición de fotografía y comer en una terracita en Lavapiés, Quique me ha sugerido subir a su casa y ponernos una peli. “Huy no, es que estoy fundida, con este calor… me voy a ir para casita a echarme una siesta estupenda” Pero cuando he llegado he visto la silueta a lápiz y he pensado “Anda, es verdad, ya ni me acordaba. Pues creo que tengo una pintura por aquí del color perfecto… Sí, mira, si ya me parecía a mí recordar… A ver cómo queda sobre la pared; sólo un poquito, para probar…” Pero ya sabía yo que no, que cuando empiezo no lo dejo. Y efectivamente así ha sido -con sesión fotográfica entre medias incluida para luego colgar aquí el reportaje.

Al acabar he continuado con el pseudo-auto-engaño “Bueno, aún puedo echarme una siesta cortita. Pero antes voy a descargar las fotitos al portatil, a ver cómo han quedado” Y después de ver las fotos me he puesto a escribir el post, y me han dado las ocho, y ya ni siesta ni na.

Pero mientras tecleo, miro mi nueva plantilla artificial, y qué orgullosa estoy. Es lo que tienen estas cosas…

Y para celebrarlo, voy a dar la cara, ¡qué diantres!

jueves, 2 de julio de 2009

Números

¿Qué tienen en común…

Los píxels de una imagen
La población de una ciudad
Las pulgadas de una pantalla
La memoria de un disco duro/pendrive/ipod
La velocidad de una línea ADSL
La potencia de un coche
El kilometraje de un coche
La distancia entre los planetas
Las edades de la tierra

Todos son números. Números que yo nunca recuerdo, nunca asimilo y por tanto jamás manejo. Me da que yo no traía de serie el software de números; por no saber, no me sé ni las tablas de multiplicar enteras… aunque sospecho que eso es otro tema. Cuando alguien –casi siempre del sexo masculino- me pregunta: “¿Qué memoria tiene tu pen?” o “¿Qué población tiene X? Nunca, jamás sé la respuesta. Ni aproximada.

sábado, 27 de junio de 2009

Qué cuento tenemos

Hace un par de findes conocí a Iñaki en la ciclonudista; el siguiente finde le sugería un cine: “Tengo unas entradas que me ha pasado una amiga…” “No digas una amiga, di Cari…” Yo no recordaba haberle hablado de Cari: “¿¿Pero tío, cómo sabes..??” “Es que sale en tu blog por todas partes.”

Cierto es. En el blog hablo con bastante frecuencia de Cari, de Heather, de Quique, de Pacopepe, de Pili, de Guy… de Flecha. Y claro, yo no me doy cuenta, pero hasta es posible que quienes me leéis tengáis una opinión de ellos –por supuesto sesgada por mi propia opinión.

Recientemente uno de estos “Personajes Cotidianos” me hizo llegar un cuentecito que había escrito, y he decidido –con su aprobación- publicarlo aquí para que conozcáis algo de su parte sin mediación mía. Eso sí, primero tendréis que adivinar quién de los mencionados más arriba es el/la artífice. Os dejo con su cuento.

LA COLEÓPTERA SE VA DE VIAJE

Mi primer novio me preguntó si yo era de las que veía el vaso medio vacío o de las que lo veía medio lleno; le respondí que el vaso casi siempre lo veía doble, porque lo que faltaba hasta llenarlo me lo había bebido yo, y resulta que era un cognac buenísimo, que además se me subía a la cabeza de manera fulminante. Discretamente, él me depositó en mi lugar de origen, y yo me dejé al vuelo mi par de gafas y las alas. Claro, aquella historia no podía funcionar y en seguida vertebré dos nuevas alitas, una petaca y, ya puesta, unas lentillas último modelo que tornasolaban los líquidos de las botellas.

Este nuevo equipamiento hizo que se me terminara de curar el existencialismo, así que salí de nuevo de mi establo dando alegres coces. Oh, tenían que llegar la navaja de Occam, el asno de Buridán y todas aquellas piedras del camino (al único que no encontré fue a Santo Tomás, andaría por sus vías, digo yo), así que todo se hizo bastante interesante.

Besé a mi segundo novio un amanecer en mitad del Puente de Toledo, hacía frío y cada vez que abríamos los ojos parecía que era más temprano. Tenía el pelo fuerte y cara de bruto y me escribió las cartas más preciosas que he recibido nunca, me dejó con ellas y volvió a la calle por la que iba cuando lo encontré. Yo lloré oyendo a Branduardi y seguí llevándole en ese trozo de corazón que él me descubrió, lleno de fibras sensibles y tiernas. Mi corazón…

Después tuve algunos novietes; unos venían con flores, otros con palabras, o penas y poses, o con la alegría de los veinte y los sobacos llenos de proyectos. Yo batía alegre mis alitas y era muy fácil despedirse. Les hice poemas a todos (entonces escribía mucho) y seguí volando, feliz abejorra veraniega.

Zumbando zumbando llamé la atención de un caza-polillas, ¡horror! que hizo un hueco entre sus manos y me hizo creer que ésa podría ser mi casa… la adornó con cubos de miel y olores hipnotizantes… y yo, pensando que eso debía ser lo que la gente-feliz-con-pareja construía para vivir, me quedé. Durante demasiados días mi irisada fuerza vital fue desapareciendo, se me secaron todos los apéndices (aunque, de no usarlos, ni me di cuenta) y, mientras él engordaba y engordaba, yo perdía las células de mi piel, capas enteras de mí misma que no sabía dónde iban a parar. ¡Deconstruirme sí, pero no así! ¡Eso era un desguace! Cuando quiso savia fresca, dejó mi cáscara detrás y corrió a atrapar nuevas bichitas… ¡pobres! ¡Inocentes navegantes del aire, huid! ¡¡Huid!!

Así que el estupor se me terminó pasando con mucho caldito y reposo y, como en la lenta rehidratación los vasos medio vacíos eran un comienzo que no podía despreciar, me los bebí todos. Poco a poco el cognac fue recobrando sus grados y sus tonalidades, y yo aprendí a no ver doble, aunque sin perder el gusto por hacer eses de vez en cuando.

Era estupendo descubrir las prestaciones de mis nuevas alas, que volvieron a brotar a pares, pequeñitas y fuertes, o grandes y radiantes, a veces algo torpes y algunas hasta con airbag.

Bichito alegre al sol, conocí a P******. Y el corazón se me llenó de pececitos de colores y nos fuimos juntos a explorar antípodas, a canallear palabras, a cenar en los parques. A bañarnos en lentejas y subir montañas. Y como yo hablo inglés y él sabe conducir por la izquierda, en diez días nos cogemos la chaqueta, el bañador y un avión a Alaska y desde ahí a Hawai.

miércoles, 24 de junio de 2009

sábado, 20 de junio de 2009

Mente y Realidad

Guy tenía una paranoia según la cual él era una especie de sujeto experimental manipulado por científicos que se entretenían poniéndole en situaciones particulares o difíciles para ver cómo reaccionaba. En su versión más radical directamente era un cerebro en una cubeta y lo que él percibía como “la realidad” no era más que una ilusión creada por la estimulación eléctrica de su cerebro. Yo atribuía estas ideas a un egocentrismo exacerbado, y entre nosotros era un tema de mofa recurrente “Qué, los científicos están haciendo de las suyas, ¿no?” O él me decía “No voy a hacer X, porque eso es lo que “ellos” quieren que haga”.

Cuando Gordon, un colega a quien habíamos conocido hacía poco, nos contó esa misma paranoia en primera persona, Guy reaccionó con suspicacia: “A mi no me la das; a ti te han puesto “los científicos” para ver cómo reacciono ante la revelación de lo que llevo tantos años sospechando.” Gordon respondió ofuscado: “¡Ya veo lo que está pasando!! ¡Tú eres su cómplice, y has visto que os he pillado, y estás intentando confundirme…”

Unos años más tarde salió la película “El Show de Truman”; fuimos a verla en seguida. Yo me partía: “¿Y ahora qué? Han hecho una película sobre lo que te están haciendo para ver cómo reaccionas, ¿no?” Apenas unos meses más tarde salió “Matrix”, que prácticamente giraba en torno a su paranoia del cerebro electro-estimulado; aquello ya era demasiado. Entonces llegó a nuestros oídos que un español había denunciado al “Show” por plagiar un corto que él había hecho años atrás; la causa había sido desestimada básicamente porque se demostró que aquello era una paja común de la humanidad.

Recientemente he dado con el nombre de esta paja en cuestión: Solipsismo, del latín "solus ipse"; solamente existo yo. El solipsismo sostiene que lo único que podemos asegurar es la existencia de nuestra propia mente, y que todo lo que nos rodea puede ser un producto creado por ella. El cuestionamiento de lo que consideramos "la realidad", existe a lo largo de toda la historia del pensamiento humano; El mito de la caverna de Platón, Descartes, el Zen, la física cuántica aplicada…

¿Y qué implicaciones tendría abrazar la creencia de que sólo mi mente existe? Que soy yo quien crea mi realidad circundante y que por tanto también podría tener el poder de modificar esa realidad en mi mente; hacer que las cosas sucedan. Podría escribir el guión de mi propia vida. (Nota a mí misma: aprender a no auto-sabotearme).

Lo que es innegable es que resulta sospechoso el modo en el que a veces se desarrollan los acontecimientos; cómo casualmente recibimos una llamada de alguien del pasado apenas unas horas después de pensar en ella, o damos de manera fortuita en Internet con un artículo que nos rellena los huecos pendientes en la conversación que tuvimos el día anterior –la sincronicidad de que hablaba en mi anterior post- o se materializa en nuestra vida una persona que se parece demasiado a lo que días antes sólo existía en nuestra mente…

Es curioso cómo cuanto más me meto en este tema, más personas me encuentro que comparten este punto de vista… o quizás soy yo, que lo estoy creando con mi pensamiento...

Cuando llego a este paranoico punto muerto opto por la alternativa más cuerda y funcional de seguir viviendo en lo que parece ser la realidad consensuada y dejarme de pajas.

Pero no del todo, por si acaso...


martes, 2 de junio de 2009

Dos de Junio

¿Cuántas personas conocéis que cumplan los años el mismo día que vosotros? Yo no conocía a nadie hasta este año, cuando hablando con Silvia, una profe de la academia que me cae muy bien, me preguntó mi horóscopo. Géminis -le dije. “Ah, ¿si? Yo también. ¿Cuándo los cumples?” –me preguntó. “El dos de junio” “¿¿El dos de juniooo? ¡¡Yo tambiéeen!! ¡Mira!” - y me extendió su carnet hasta colocarlo bajo mis ojos, quizás para vencer mi posible incredulidad. Yo miré por el gusto de ver la fecha escrita: dos de junio. Me gusta verla. Soy yo. Un poco como mis treinta y doses -además tenía curiosidad por saber su edad, a qué engañarnos…- Pero su gesto, mi mirarlo, alargaron un poquito más aquel acontecimiento y pudimos así saborearlo un ratito más. Me gustó saber que compartíamos ese “Dos de junio” a la vez tan mío.

Unos meses después, en una de mis clases, una alumna a la que tengo mucha simpatía contó una historia tan conmovedora que me hizo escribir un post sobre ella. Enlazado con la historia me enteré de que sus dos hijos cumplen años el mismo día que yo, ¡aunque se llevan tres años entre ellos! Qué dato más curioso en sí, que sus dos hijos hayan nacido el mismo día de distintos años, pero encima es el Dos de junio, mi cumpleaños.

Poco después, en otra clase hablando de nuestras mascotas intentaba hacer cálculos en voz alta sobre cuánto tiempo hacía que tenía a Flecha; “Bueno, en mi cumpleaños acababa de adoptarla, y mi cumple es el dos de junio…” “¡Anda, mi hijo también cumple años el dos de junio!” “¡pues vaya cúmulo de casualidades, porque…” y le conté lo que hasta aquí he narrado.

Muchas casualidades… Qué raro, ¿no? Hasta ahora no conocía a nadie con quien compartiera cumpleaños y ahora…

Recientemente he empezado a liberarme de la tiranía de la razón, y a permitirme un poco de fantasía en mis teorías de la vida; algún elemento no empírico. Una de las ideas con que he empezado a juguetear es con eso de que “las casualidades no existen”. La Teoría de la Sincronicidad postula algo así como que todos somos parte de un rompecabezas cósmico donde las casualidades nos guían hacia nuestro destino. La dificultad reside en dilucidar su significado, claro. ¿Qué me podrían estar señalando a mí estas casualidades? -me pregunté.
Hoy en mi clase de niños de nueve años, Paula me ha sorprendido con un regalo de cumpleaños sorpresa hecho por ella; unas flores de papel, una pulsera y un bombón envuelto por ella. No hay nada que me haga más ilusión que los regalos sencillos, y si son artesanales, mejor, así que me ha encantado. Entonces otro de los niños ha preguntado si era hoy mi cumple “No, es mañana” “¡Andá, como el de mi madre!” “¿¿Siii?? ¡No me digas! –he dicho yo-¡Vaya casualidad!”

En mi última clase del día (las otras tres casualidades sucedieron en mi primera, segunda y tercera clase de los lunes y por orden) tengo un alumno que me pone. Me mola; es atractivo, con pinta de muy tranqui… Como en clase de inglés se acaba hablando de todo, hace unos meses contó que tenía novia (oh…) pero recientemente me pareció entender que ya no. Y no os sorprenderá ya a estas alturas que al decir que mañana era mi cumple él haya dicho “¡El mío también!” Y me ha sacado su carnet para que me lo creyera. Yo he estado tentada a mirar para ver el año, pero me ha parecido que estaba feo y le he dicho riéndo “Noo… I trust you!” Él, como leyendo mi mente, ha confesado “Forty-two” y yo correspondiéndole: “Me, thirty-all”

En definitiva, que ha sido todo esto una escalada de casualidades; cuando yo ya estaba sorprendida sucedía la siguiente, hasta que un día antes de mi cumpleaños me entero de las dos últimas. O de la última, en la última clase de mi último día antes de mi cumple ¿Es todo esto solamente una casualidad, sin más... o es que me está señalando el cosmos al tío este?

Me parece mucho menos aburrida la opción del cosmos conspirador, así que ya estoy elucubrando sobre cómo componérmelas para echarle una mano. Al cosmos.

sábado, 30 de mayo de 2009

Como loca en la cama

Bueno, como la entrada pasada tenía mucha letra, una de cal y otra de arena; ahí va una de Flecha jugando en mi cama esta mañana -de ahí mi voz gangosa-, sin más texto que el que precede a este punto y final.

lunes, 25 de mayo de 2009

Llamadas desde la tercera planta

Hace casi cinco años, cuando me separé de Guy, mi estado anímico no era el mejor, por lo que estuve yendo al psicólogo durante un tiempo. Un día esperando mi cita en el Centro de Salud Mental –curiosamente en la calle de la Cabeza- me encontré con mi vecino Jorge, que me saludó con timidez “Hombre Laura, ¿qué tal?” “Pues aquí…” -respondí yo. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Además, hacía no mucho nos habíamos encontrado en el Centro de Salud, el general –qué rachita- y allí también habíamos tenido un breve intercambio de palabras

-Hola Laura, ¿Qué tal todo?
-Bueno, bien… le contesté ahorrándole la verdad.
-Todo bien, ¿no? Y ¿“Gei” qué tal?
-Mmm… Parece que no lo va a dejar estar -pensé. Y dije: Bueno, Guy y yo ya no estamos juntos.
-Ah, vaya, no lo sabía… Pero todo bien, ¿no? –preguntó como si le acabara de contar que me habían revisado la instalación del gas.

Aún así, supongo que cuando me vio en el Centro de Salud Mental unos días después, no tuvo más remedio que atar cabos.

Jorge tiene como cincuenta años, pero no son cincuenta años bien llevados. Es poco más alto que yo –que no es demasiado- calvo, con barriga cervecera y los dientes manchados de fumar. Usa gayumbos tipo slip, bastante ajados, y lo sé porque veo su colada; es lo que tiene ser vecinos. Cuando yo llegué al bloque vivía con su madre, pero ahora ella está en una residencia y él vive solo. Nunca le visita nadie, y nunca le he visto acompañado. Su piso es interior y siempre tiene las persianas bajadas. Lleva en el paro al menos diez años; no sé si habrá trabajado alguna vez y desconozco el origen de sus ingresos.

Un par de días después de nuestro encuentro en el Centro de Salud Mental, sonó mi timbre. Abrí la puerta y ahí estaba él, que empezó a explicarme medio azorado que claro, en estos tiempos que corren, con el estrés y eso, él estaba yendo a que le echaran una mano con “lo suyo”… Me dio la sensación de que estaba avergonzado de lo que pudiera pensar de él por ir al “loquero” y quería justificarse ¿¡Pero a mí qué me estás contando, tío!? ¡Que yo estaba allí también!

El caso es que después de aquello empezó a llamarme por teléfono de vez en cuando para preguntarme que qué tal estaba. Aunque vive a sólo ocho escalones de mi casa, en vez de llamar a mi timbre prefirió agenciarse mi número en alguna carta de la comunidad de vecinos y llamarme por teléfono. Sus llamadas me desconcertaban; no entendía si la psicóloga le había dicho que se socializara y yo era parte de su terapia, o si estaba intentando ligar conmigo.

Durante mucho tiempo me preocupó que poco a poco fuera subiendo la intensidad y frecuencia de sus llamadas y verme en el incómodo trance de tener que pararle los pies. Por eso en cierta ocasión en que llamó a mi puerta y Quique estaba en casa, le pedí que le abriera él y le dijera que yo estaba en la ducha. Como era verano Quique no llevaba camiseta, así que la escena fue perfecta. Luego hubo alguna otra de esas; un amigo cogió el teléfono cuando yo vi en la pantalla que era él... y no sé, alguna más. Pensé que eso, y que tenía que verme subir con amigos, o salir de casa por la mañana bien acompañada, acabarían resultando circunstancias disuasorias, y dejaría de llamar.

Pero no; durante estos cinco años él ha continuado llamando con constancia –una vez al mes más o menos- aunque lo cierto es que se ha mantenido siempre lejos del área de peligro; en todo este tiempo su insinuación más atrevida fue hace ya un par de años que me propuso tomar un café alguna vez, e inmediatamente se apresuró a explicar que lo decía “en el buen sentido” (sic). Decididamente es inofensivo. Cuando me llama se limita a pasarme su cuestionario:

-¿Qué tal estás?
-¿Qué tal el trabajo?
-¿Y tus padres?
-Oye, ¿Y con la bici qué? Irás con cuidado, ¿no? ¿Llevas casco?
-¿Qué tal el yoga?
-¿No has salido/ vas a salir/ este puente/esta Semana Santa/de vacaciones?

Él va soltando las preguntas –tal vez hasta las tenga en una lista- y yo voy contestando afablemente, procurando dar un toque dinámico a la conversación, y a la vez ocultar mi desconcierto. Luego para romper tanta asimetría procuro preguntarle algo yo también, pero como no me quiero meter en su vida personal suelo limitarme a una pregunta; “¿Y tú qué tal?” Él me cuenta escuetamente lo que estima conveniente, hace algún comentario pretendidamente ingenioso y se despide con un “un abrazo, Laura.” Las conversaciones no durarán más de un par de minutos.

He llegado a un punto en que he dejado de preguntarme por qué o para qué, y me tomo sus llamadas como “una de esas cosas”. Y si a él le sientan bien, pues mira, me alegro por ello.

viernes, 22 de mayo de 2009

Rescatadas 7

Cari: Me siento un poco efervescente últimamente…
Pacopepe: Laura, ¡desenfunda la libreta!

“Viven amancebados, abortan, se divorcian…” Oído en Santiago a un tío con un bigote a juego.

-¿Unas chuletitas más?
-Yo me abstengo a la mayoría

Entre dos tíos “al ataque” con Cari y conmigo:
-No, tranquilo. Más tranquilo, que estas son más listas.

Heather: ¿Si tuvieras que comer algo de tu mierda, qué comerías?
Laura: Yo nada.
Heather: Yo el maíz. Lo lavaría así, un poquito…

miércoles, 20 de mayo de 2009

¡Opérate, tonta!

Me parece terrible cómo se frivoliza hoy en día con el tema de la cirugía estética. Si tienes las tetas pequeñas ponte silicona, si tienes celulitis hazte una lipo, si eres calvo hazte un implante capilar... Y cada día parece que aumenta la lista de partes del cuerpo que te puedes operar; hace no mucho vi un documental en el que un cirujano estadounidense sin escrúpulos convencía a sus pacientes femeninas -incluso a menores de edad y a sus madres- de que su vulva no era bonita si no parecía la de una actriz porno; les recortaba los labios con láser y les hacía un "rejuvenecimiento" genital. Planeaba jubilarse a los cuarenta y cinco, según dijo.

Estamos ya acostumbrados a ver anuncios de cirugía estética en la prensa diaria, en vallas publicitarias, en la televisión...; entre el anuncio de detergente y el de donuts te dicen que te metas en un quirófano para estar más guapo/a y parecer más joven. Tan ricamente.

Ayer encontré este anuncio que vi hace tiempo en un periódico; el colmo de la frivolidad.
En fin; que me he metido en google para buscar otros anuncios que recordaba haber visto de esta misma clínica y aquí los tenéis para que la flipeis conmigo.
Y yo me pregunto; ¿Quién elegiría operarse en esta clínica?

sábado, 9 de mayo de 2009

Cambio de temporada

Hoy en una conversación con Pacopepe ha salido el concepto "ropa de entretiempo", y creo que por primera vez he sido consciente de lo peculiar que es. Ropa de entretiempo; por ejemplo esa blusa ligerita de colores ya primaverales pero aún de manga larga, esa chaquetilla ideal para temperaturas de veinte, veintipocos grados… Y la verdad, aunque da gusto haberse deshecho de los abrigos y de los jerseys, yo personalmente ya estoy impaciente por dejar atrás definitivamente la ropa de entrtiempo, y liberarme de los calcetines y pasarme a las chanclas, al pantalón corto, a los tirantes…
En estos días de transición conviven en mi armario desordenadamente los sobrios colores de mi ropa de invierno con algunas prendas de verano que van poco a poco llenando de colores las perchas… y aunque estoy más que deseando ver finalizado el proceso, me da una tremenda pereza ver aproximarse el momento inevitable de “el cambio de armario”.
Los guiris se parten de nosotros los españoles con lo del “cambio de armario”; les resulta muy extraño que por estas fechas sean habituales entre la gente comentarios tipo “Es que aún no he sacado la ropa de verano”, “Ayer estuve guardando la ropa de invierno” o “Tengo un lío de armario… a ver si este fin de semana lo organizo” Claro, en Inglaterra –por poner un ejemplo- no tiene ningún sentido, porque los días de diez grados en pleno agosto son más que habituales, así que nunca dejan de necesitar tener los abrigos a mano. Los pobres.

Pero los rituales de cambio de temporada en España no se limitan al cambio de armario; también recogemos las alfombras cuando llega el calor, bien enrolladitas, con sus bolas de naftalina si son de lana, y entonces da gusto ver el suelo despejado y fresquito. Cuando llega el frío y volvemos a sacarlas, la casa se siente acogedora, preparada para refugiarnos. Algo parecido pasa con los edredones y las mantas.

Cambiamos las cortinas para poner otras de colores más alegres, cambiamos la funda de los cojines -peludita y calentita para el invierno y fresca, de algodón para el verano- cambiamos los cuadros de la cabecera de la cama; de motivos sobrios y cálidos pasamos a otros más coloridos y vivos…

Mhmmm… ha llegado un punto en el que los españoles que estáis leyendo esto habéis dejado de estar de acuerdo, ¿no?

Pues va a ser que es otra de mis manías, entonces.

martes, 5 de mayo de 2009

Parlez vous francais?

Federico, ¡¡¡más noticias peculiares!!! Esta vez de La Francesa; ¡acaba de pasar ahora mismito! Estoy podando un poco las plantitas de la ventana aprovechando que hace solete, y La Loca –perdón, La Francesa- pone su disco de Charles Aznavour. Ya sabes que cuando pone su disco lo pone a todo volumen, y hoy que hace bueno y con la ventana abierta se oía La boheme en la calle como una banda sonora.

Yo sigo a lo mío, buscando ramitas secas que cortar, y al cabo de un ratillo veo una señora en la acera de enfrente, como de unos cincuenta años con una melena corta de pelo gris, y un traje de chaqueta, elegante, mirando hacia arriba. La miro un momento distraidamente y empieza a hacerme gestos, muy sonriente preguntándome si la música es mía. Le digo que no y le señalo al piso de abajo. Entonces, casualmente se asoma La Francesa, y la señora esta le pregunta “Parlez vous francais?” Y yo pensando “¡¡Voy a oír al la Francesa hablar francés!!” Y
La Francesa:
-¿¡Qúeee?!”
-Parlez vous francais!?”
-¿Quéee?!”
-¿Habla fjansees?”
-No la oooigoo, hábleme por el telefoniiillo…” 
Así que me voy yo corriendo al telefonillo también –como no podía ser de otra forma- a ver si oigo a La Francesa hacer honor a su nuevo apodo. La mujer esta le dice que estaba pasando por la calle, que había oído a Charles Aznavour y que había pensado “Aquí vive alguien de Francia” y ya se había asomado ella etc. ¿Ha vivido usted en Francia? Sí ¿Parlez vous francais? Oui, ¡¡y La Francesa empieza a hablar en francés!! ¡Qué experiencia oírla! Porque la pobre, seamos francos, no tiene un aspecto muy refinado ni muy mundano, y oírla hablar otro idioma… ¡y francés! Me ha encantado.
A partir de ahí claro, no me he enterado de mucho porque yo no hablo ni papa, pero le he oído contestar “Paris” a una pregunta, así que fue allí donde vivió. Y luego le he oído decir algo que me he inventado que significaba que había enterrado allí a su marido. Pero de vez en cuando la mujer desconocida cambiaba al español, me da a mí que La Francesa no debe de hablar demasiado bien, se le habrá olvidado, claro… Entonces la mujer esta, la francesa -esta vez la de verdad, con minúscula- le ha preguntado en español que si le importaba que subiera un ratito a charlar “cinco minutitos, nada más” y La Francesa le ha dicho que estaba haciendo la comida, que iba a venir su hijo a comer, y la ha despedido. De primeras he pensado “Qué siesa eres, Maripuri, hija” pero luego he pensado que claro, como para fiarte hoy en día.
En cualquier caso estoy segura de que La Francesa se ha quedado feliz como unas castañuelas de haber hablado francés y haber recordado sus tiempos mozos, y seguro que tiene unas ganas locas de que llegue su hijo para contárselo todo.