domingo, 30 de noviembre de 2008

Imágenes del barrio

"Amiricano", "extensione", "trensas"... y yo me pregunto; ¿Quién coño ha hecho ese cartel? ¿un afro-latino-amiricano, o un español-cabrón injustificadamente fiel a lo que su cliente le pedía?

¿Y esta pegatina de qué va? Es un reclamo ¿para qué? Lo he metido en google y lo único que he encontrado es una foto de la misma pegatina! Strange...

Y para terminar estos son algunos cuadros de una exposición en "La Inquilina", un bar de la calle Ave María, en Lavapiés. ¡Click revival! Aunque a mí me molaban más los madelman...

viernes, 28 de noviembre de 2008

El telendengue

Quique es el amo del “achiperrismo”; le encantan los cachivaches de todo tipo. Ir con él a la playa, por ejemplo, es impresionante; se lleva la esterilla, las cremas, la cometa, el balón, la super neverita, los “marinismos” -achiperres para submarinismo que incluyen neoprenos, guantes, cámara de fotos con funda sumergible etc. Y si toca, el Kayak. Su casa es como una furgoneta de estas de la CIA, porque es chiquitita pero tiene todos los aparatitos electrónicos con leds del mundo; apagas la luz y aquello parece un belén.

Hace unos días estaba hablando por teléfono con él, y de vez en cuando le oía que se le escapaba un “Huy…”, o un “Ah…” ahí entre medias de la conversación sin que viniera a cuento. Y le digo:

-Tío, ¿qué haces?

-Nada, es que me he comprado un electroestimulador para lo del cuello… veintisiete euros en el Lidl, que lo había estado mirando en Internet y no bajaban de ciento veinte o así, de verdad de verdad. Y lo tengo puesto ahora, y es que cuando te cambia de repente el calambrito, o de repente para, como que te asusta.

-¿Y cómo es; tipo el del anuncio para ponerte cachas que son como unos electrodos que se pegan y se mueven los músculos solos?

-Sí, de hecho tiene tres tipos de programas: de entrenamiento, de alivio de dolor -que es el que uso yo- y de relajación y masaje.

-Hala, cómo mola, ¿no?

-Pues la verdad es que sí, está guay…

Ni se me pasó por la cabeza dejar pasar la ocasión cuando ayer, estando en su casa, me propuso probar “el telendengue” y experimentar los “huyy…”, y los “ah” en primera persona; imposible reprimirlos, tan desprevenida te pillaban las sacudidas repentinas de hombros. Y un gusto.

Después de unos minutillos experimentando y disfrutando de aquello a Quique se le ocurrió la feliz idea: “Oye, esto tiene dos canales, así que me puedo poner yo otros electrodos y lo disfrutamos juntos” Y así estuvimos de cinco minutos en cinco minutos, con huys y ahs sincronizados, cambiando del programita de “amasamiento y pellizcos” al “masaje con el canto de las manos” al… hasta llegar a los cuarenta minutos de telendengue, cuando lo recomendado por sesión es de unos quince. Y no es que tuviéramos una conversación que interrumpíamos de vez en cuando para hacer algún comentario sobre el masajito, no; la actividad con la que nos estábamos entreteniendo era exclusivamente esa, y ese el único tema sobre el que hablábamos.

Confieso que me costó dejarlo para ver la peli que teníamos programada, y hasta le pedí una “última dosis” de cinco minutitos con la excusa de que el final había sido muy abrupto y necesitaba “hacerme a la idea”.

Esta semana que viene se va a Lanzarote y me ha dicho que me lo va a dejar hasta que vuelva… lo que me extraña es que no se lo lleve.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

32

Hola, me llamo Laura y tengo una obsesión por el 32 desde que tenía esa edad (“Hola Laura, te queremos”)

Contar por qué me quedé fijada con este número sería una historia muy larga que os voy a ahorrar, el caso es que desde entonces lo veo por todas partes; es “mi número”.

Ver el 32 me produce una fugaz ráfaga de agustez; por alguna razón su visión me hace sentirme acogida, arropada durante un instante. Lo suelo ver más en épocas en que tengo algún conflicto mental y necesito apoyo moral o reafirmación, entonces aparece por todos lados; voy a la pescadería y me toca el número 32, casualmente abro el libro por la página 32, miro a ver a qué altura de la calle voy y es el 32… A veces lo siento como si me estuviera señalando algo, o diciéndome que voy por “buen camino”.

Por supuesto con una paja como esta, siempre he querido saber si tenía algún significado cósmico o algo, y para averiguarlo he metido en Google miles de combinaciones -“número 32”, obsesión 32, 32 numerología etc. – sin ningún resultado iluminador, o sea, que estoy sola en esto… ¿o no?

Hace ya tiempo la obsesión se amplió al número 23 - por alguna razón también me gustan mucho el 132 y 123- así que imaginaos mi pasmo cuando me enteré de que habían sacado una película que se llamaba 23, e iba sobre un tipo que supuestamente carga con una “maldición” relacionada con una obsesión por el número 23. Obviamente vi la película. En ella, el prota (Jim Carrey en un papel dramático bastante aceptable) también rota el número, de modo que para él 32 y 23 son “lo mismo”. Vale, puedo contemplar la posibilidad de que sea simplemente una casualidad, pero a ver, si ya tengo la obsesión esto no ayuda mucho, ¿no?

La razón por la que me he puesto a escribir este post, de hecho, es que estaba pensando que últimamente he estado viendo muchos 32, en cómo me hacen sentirme, y después en lo raro que es que tengo un par de programas en mi escritorio, vlc-9.6.win32 y nod32, y no sé por qué 32, que ni es un número redondo. “Pero claro, es que los demás números no me llaman la atención pero también están; a ver qué otros números hay en la pantalla…” y paso la mirada por el escritorio, y los ojos se me van a la esquina inferior derecha, al reloj… Las 23:23.

JURO que es verdad.

Maldita sea, ¿¡así cómo me voy a quitar de esto!?

jueves, 13 de noviembre de 2008

El primer globo de Flecha

A Flecha le encantan las cosas de goma; pelotitas, posavasos, guantes de fregar, chanclas... cuando no puedo encontrar algo por casa pienso "¿Es de goma?" Si la respuesta es afirmativa miro debajo del sofá y ahí está siempre, en mejor o peor estado.

Hace unos días dí con unos globos en un cajón que llevaban ahí añísimos. "¿Qué hago con esto? ¿los tiro?" Y entonces se me ocurrió; "Esto puede ser divertido". Hinché uno, cogí la cámara y aquí tenéis el resultado.

Una vez más, me disculpo por la calidad de las imágenes -era de noche y tenía la luz bajita-, pero como "primer globo" no hay más que uno, no valía repetir.

En fin, espero que lo disfrutéis.

Flecha mola.

martes, 11 de noviembre de 2008

Pastelitos islámicos

-Anda mira, vuelven a vender pastelitos moros en la carnicería de enfrente.


Quique vive en un ático con una terracita que da a la calle Sombrerete, la calle que recorro cada vez que voy a Lavapiés. El otro día fui a visitarle, y allí estábamos los dos, asomados desde su terraza, viendo la vidilla del barrio.

-Pues me viene guay –continuó diciendo- porque ahora voy a una tienda que está por ahí abajo y me queda más lejos, claro. Además el tío está un poco brasas últimamente. La última vez que fui me dio doce panfletillos sobre el Islam. Doce. Uno sobre el Islam y la mujer, sobre el Islam y la alimentación… Me los leí todos. Pero vamos, que ya está bien, que yo preferiría que la interacción fuera más bien tipo “Hola, buenos días” “Buenos días, que tal” “Pues muy bien. Quería unos pastelitos, por favor” Y ya está; lo normal. Pero es que se me enrolla a contarme sobre el Islam... Este fue el que me decía que no debería haber mujeres en puestos como Juez o algún puesto así de responsabilidad, porque como la mujer es débil por naturaleza y se le dicen dos zalamerías y ya está dispuesta a hacer lo que sea, pues le contaría todo a su marido … Yo pensé "Sí, como Mata Hari" pero dije “Vale, y dos de estos también…”

Así que entenderás que me alegre de que tengan pastelitos aquí. Por cierto, que ahora cuando te vayas bajo contigo y pillo unos cuantos. Intentaré no ser muy majo.

-¿Por?

-Pues para no joderla como con el otro.

Y mientras le escuchaba, pensaba en lo fácil que es contar historias de un barrio. Simplemente transcribiendo una conversación, ya está.

jueves, 6 de noviembre de 2008

La yaya

Solo he tenido una abuela, la madre de mi madre; le llamábamos "la yaya". Hoy hace cuatro años que murió, aunque muchas veces siento que aún está a mi lado.

La yaya no era una de esas abuelas dulces que te achuchan, que casi no te dejan respirar con los abrazos amorosos que te prodigan... y yo me alegro de que no fuera así. La yaya no era sobre-efusiva –en la familia ninguno lo somos. Te dejaba espacio, pero estaba siempre pendiente, encantada de ofrecer su ayuda. Cuando mi hermano mayor y yo éramos adolescentes, y más mayorcitos también, y nuestros padres se iban unos días de vacaciones con mis hermanos pequeños, nunca faltaba su llamada diciéndonos que ya sabíamos, que para cualquier cosa que necesitáramos, ella estaba allí. Nos cuidaba y sabíamos que nos quería. Siempre se le alegraba la cara de vernos a sus nietos, y sólo mencionar a los bisnietos era sonrisa de oreja a oreja garantizada.

Y espero, bueno, estoy segura de que nosotros sus nietos, también en la forma no sobre-efusiva de la familia, le mostrábamos cuánto la queríamos.

Yo no sólo la quería mucho, sino que sentía, y siento, muchísimo respeto y admiración por la persona que fue. Por su carácter, por su fortaleza. Sus hijos lo saben muy bien. Yo, como nieta, recuerdo cosas como que cuando su patita empezó a darle guerra, le costó muchísimo resignarse a usar bastón. Por eso, para disimular, salía por el barrio con el carrito de la compra vacío, para apoyarse en él.

Pero ni el bastón, ni la silla de ruedas le hicieron perder su fortaleza ante mis ojos, y los ojos de los demás. Ella no lo permitió.

Cuando compré mi casa, ella se lamentaba de que no podría verla, porque estaba en un tercer piso sin ascensor. Yo siempre le decía que por qué no, hasta que un día nos cogimos un bus la yaya, mi madre y yo -la yaya en la silla de ruedas- para que como poco viera la casa desde fuera, con la idea de que si se animaba, poquito a poquito podría intentar subir. Y una vez allí no hubo que insistir; cogimos una silla que íbamos poniendo en cada descansillo para que parase un poco después de cada tramo, y la yaya vio mi casa. ¡Así era la yaya!

Pocos meses antes de que muriera estábamos hablando ella y yo en su casa, y me dijo “A mí lo que me gustaría sería poder coger la puerta y salir a la calle sola” Recordar esto me da mucha pena, pero también me hace sentir muchísimo orgullo.

martes, 4 de noviembre de 2008

Rescatadas del olvido 3

¿Cómo que “be water” si luego te ganas la vida dando hostias? –Esa apúntala que me ha gustado. –Paul

Si fuera creativa haría muchas cosas –Moe

I want a girl with derech a rouch. (Quiero una chica con derecho a roce) -Juan, un alumno de unos 17 años

Laura- Somos piltrafillas semi-intelectuales
Cari- Ah, no, no. ¡Eso no te lo consiento!

Mira, esa roca de ahí parece un otorrino… -
Pablo (quería decir un ornitorrinco)

Pues… ¡importantísimo, todo lo mío! –Mi padre cuando ya no se le ocurría qué más decir para acaparar la atención

Tenemos que escribir en el blog por qué el peanut butter es Zen. Eso, apúntalo, que así a lo mejor hasta lo hago. –Heather.

Sí, te lo perdonaré cuando te la devuelva –Yo

¡Eres un gitano de chabola! –Oído por Quique a unos “gitanos-pijos” del barrio.

Laura -De esas tías ¿a cuál te tirarías?
Pacopepe -A mi madre, que p’al caso…

domingo, 2 de noviembre de 2008

¡Cotidianas ha cumplido un año!


Siempre me ha gustado mirar los álbumes de cuando era pequeña. Pero no es algo de ahora; los disfrutaba ya cuando tenía cinco años. Me encantaban. Había como diez o doce, que abarcaban desde mi nacimiento hasta mis siete años, cuando nos fuimos a vivir a Argentina y mis padres dejaron de colocar las fotos en álbumes para almacenarlas en un cajón; una pena.

Los dos primeros álbumes tenían un aspecto más serio y delicado; tenían páginas de cartón color sepia, y las fotos -en blanco y negro- estaban pegadas con unas esquinitas como de celofán. Entre página y página había una hoja de papel muy fino para proteger las fotos, que había que pasar con cuidado para que no se doblara. Por todas estas razones no los elegía con frecuencia. Además al menos el principio del primer álbum era de antes de nacer yo, lo cual le restaba mucho interés; si los seguía mirando de vez en cuando era porque tenían algunas de las fotos mías de bebé.

Los demás álbumes eran de fotos en color. Eran más “modernos” –setenteros- como de eskai marrón, un poco acolchados, y con las páginas de esas que aún existen de cartón cubiertas con una lámina transparente adherida que se levanta, se pone la foto y se vuelve a pegar. Eran mucho más fáciles y agradables de manejar; no infundían tanto respeto. Si algún día estaba aburrida en casa, cogía uno, me sentaba en el sofá, me lo ponía sobre las piernas y empezaba a pasar páginas. Mis favoritos eran los de mis primeros dos, tres años, pero era difícil dar con ellos porque, supongo que por culpa mía, no estaban en orden, y aunque tenían puestas las fechas en el canto con letraset, con el tiempo se habían ido borrando y era casi imposible descifrar lo que quedaba de los números.

Ahora “de mayor” tengo mis propios álbumes –los últimos ya no físicos, desde que hace unos años, a regañadientes, me pasé a la fotografía digital- y me sigue encantando mirarlos de vez en cuando; es como asomarme a ventanitas que muestran escenas de mi pasado, como repasar mi biografía en imágenes, la mayoría de ellas alegres -no solemos hacer fotos en momentos tristes.
En fin, que para celebrar el año que ha cumplido Cotidianas, comparto con vosotros estas fotos de cuando lo cumplí yo, de uno de aquellos álbumes de eskai que tanto me siguen gustando.

martes, 28 de octubre de 2008

Homenaje

Este es un post homenaje a todas las personas anónimas que, intencionadamente o no, me alegraron el día arrancándome una sonrisa con sus ocurrencias.

A todos ellos, gracias :)






martes, 21 de octubre de 2008

El regateo

Los vendedores marroquíes son unos expertos regateadores; claro, les va en ello el pan. Si el objeto por el que estás regateando –unas babuchas, una tetera, la lamparita, el espejito…-realmente te gusta, no te sirve de nada amagar con irte para conseguir el precio que quieres pagar, porque ellos detectan que sigues interesada; te dejan que te vayas y sigas con tu farsa, sabiendo que si no vuelves un poco más tarde, volverás al día siguiente. Y efectivamente, al día siguiente vuelves y pagas lo que te habían pedido.

Pero cuando de verdad no estás interesada porque el precio que te piden es demasiado alto y/o el objeto no es tan deseado, y te largas convencida y resuelta a quedarte sin ello, al salir por la puerta oyes a tus espaldas “Oye, amiga, ¿Cuánto pagas? ¡70 dirhams!” “No, no, es que no me interesa, de verdad, gracias…” “¡60 dirhams amiga! ¡50!...”

Algo muy parecido pasa a menudo en las relaciones entre hombres y mujeres.

sábado, 18 de octubre de 2008

Que me lo expliquen

Ayer yendo en bici camino de yoga me veo en el escaparate de unos chinos de mi barrio varios de esos muñequitos de los Reyes magos subiendo las escaleras de mano, de esos que en navidades cuelgan de las ventanas de cientos de casas. Y pensé “Joder con los chinos, qué prisa se dan”. Pero es que luego por la tarde voy a una tienda de telas en la Plaza de Pontejos ¡y ya tenían telas de motivos navideños! Y esta vez pensé: “A ver, ya son dos, pero esto no puede estar pasando tan pronto”. Y sí, está pasando; también los Suecos se apuntan a la navidad precoz. Hoy a la salida de IKEA, en la visita de rigor a la tienda Sueca me encuentro con que ya venden las galletitas de gengibre en latas navideñas que mi madre y yo compramos todos los años. Por supuesto me he negado a pillarlas a mediados de octubre ¡faltaría más! ¡¿Pero a esta gente qué le pasa?! Yo la flipo ¡Si aún ni ha empezado a hacer frío!

De momento me voy mentalizando para encontrarme los turrones en el Mercadona la próxima vez que vaya a hacer la compra.

jueves, 16 de octubre de 2008

Apura la pasta

Llevaba más de un mes sin poner la tele con regularidad. La ponía los domingos para ver “El encantador de perros” y poco más; al acabar el programa que fuera la apagaba. No sé si os pasará a los demás, pero yo paso por fases de ver bastante tele, y luego, por la razón que sea dejo de verla otra vez; supongo que esta última etapa vino dada porque Heather estaba en casa, y como nos liábamos tanto a hablar nos sobraba otra voz a la que atender.

El caso es que Heather ya se ha ido, y aunque sigo con la inercia de no poner la tele, algo más sí que la veo. Y después de cinco minutos de telediario es imposible ignorarlo; estamos en crisis.

El otro día entrevistaban a un tipo por la calle que decía que con eso de la crisis se veía obligado a tomar medidas de “emergencia”, como aprovechar hasta la última gota del champú echando un poquito de agua al bote al final, apurar la pasta de dientes hasta la última dosis… Yo de verdad que no lo entiendo; ¿Y antes de la crisis qué? ¿tirabas el “culín” del champú o del dentífrico cuando comprabas el nuevo? No sé, será porque siempre he sido cutre –y a mucha honra- pero yo hago esas cosas siempre, no sólo en crisis:

-Echo una gotita de agua en el rimel y el eye liner cuando veo que empiezan a espesar.
-Parto en dos las toallitas desmaquillantes; con la mitad me sobra y… ¡voilá! ¡Me duran el doble!
-Corto el bote de crema hidratante cuando está en las últimas para poder “rebañarlo” bien.
-No tiro de la cadena cada vez que hago pis.
-Entre las amigas hacemos “mercadillos de ropa de segunda mano”, y así adquirimos ropa “nueva” gratis y nos deshacemos de la que ya no nos ponemos.
-Uso el agua de lavar las verduras para regar. -Bueno, la verdad es que con el agua tengo miles de medidas anti-derroche.
-En invierno ando por casa con jersey gordo y pongo la calefacción solo cuando hace menos de dieciseis, diecisiete grados.

Y un muy largo etcétera.

El problema es que estas acciones sean para algunos medidas “anti-crisis”; que el ahorro nos parezca cutre, y un síntoma de abundancia –o peor; de "normalidad"- el despilfarro. A ver si la crisis sirve al menos para que la gente se aprenda que no necesitamos consumir tanto; seguro que el planeta nos lo agradece.

sábado, 11 de octubre de 2008

Por qué me llaman Mónica

Flecha es mi hurón. Le encanta olisquearlo todo; creo que es su forma de “verlo”, porque al parecer los hurones no tienen muy buena vista. Cuando sale de su habitación se da una vuelta general por el salón, y si hay algo nuevo por ahí, en seguida lo detecta y corre a olerlo; una bolsa con botellas que he dejado en el recibidor para llevar a reciclar, la mochila o los zapatos de algún amigo que está de visita… cualquier cosa.

Un día reflexionando sobre esto me di cuenta de es algo parecido a lo que me pasa a mi; cuando estoy en casa, si todo está en “su sitio” es como si no percibiera ningún estímulo, y estoy tranquila y sosegada, pero si hay algo fuera de lugar, es como si el objeto fuera de lugar saltara a mi vista, diciéndome “¡¡¡estoy aquí, estoy aquí…!!!” Si quiero estar “no estimulada”, relajada, tiene que estar todo en su sitio. Por eso cuando por ejemplo hago alguna redistribución de los muebles del salón tardo un tiempo en estar a gusto, hasta que deja de “saltarme a la vista”. Y por eso soy tan ordenada.

Después de esta explicación uno podría imaginar en mí diversos niveles de “manía”; de hecho según la persona y su propio nivel de tolerancia al desorden me ven como más o menos maniática. Cari, por ejemplo, es de las que más me acusa de ser “Mónica”, pero es que ella, utilizando la expresión creada especialmente para su caso, tiene siempre la casa “hecha un genocidio”. Como ejemplo ilustrativo comentaré que durante varios años tuvo inutilizado uno de los sofás del salón, permanentemente cubierto por una montaña de ropa que tapaba "discretamente" con una sábana. Una alumna particular suya le pidió un día ver lo que había debajo, porque siempre le daba la impresión de que era un cadáver. (¡!)

Para continuar mi patética defensa he de decir que procuro no abandonarme a mi manía y tenerla controlada, y cuando viene alguien a casa me gusta que se sientan a gusto, y no ando detrás recogiendo todo lo que van dejando sobre las sillas, mesas etc... y llega un momento en que me consigo olvidar. Casi.

También hago “ejercicios de tolerancia” estando sola, por ejemplo dejando conscientemente cosas sobre la mesita del salón al irme a la cama; la taza, el mando de la tele, el teléfono… aunque me cuesta. Lo cual me recuerda a un episodio de Friends, en el que Mónica se intenta defender de sus amigos que la acusan de maniática. Para ponerla a prueba una noche dejan unos zapatos en el salón de su casa a ver cuánto tiempo puede dejarlos ahí. Ella se va a la cama, y allí reflexiona; “Buah, ¿Qué se piensan? ¿Qué no puedo dejar ahí los zapatos toda la noche? (…) ¡¿Y si los recojo y por la mañana me levanto temprano antes de que nadie venga, los vuelvo a poner en el mismo sitio y nadie se da cuenta?!...”

No sé cuántas personas podrían realmente entender esto. Yo sí.

lunes, 6 de octubre de 2008

Rescatadas del olvido 2

Nos obligan a endurecerme por lo que imponen, ¿Sí o no? Mírala, es una taquígrafa de mierda –Cari.

Chavala, lo que yo he vivido… tú ni lo has pensado. Tú ni has empezado. –Pacopepe

Yo quiero ser como, “soy tan la hostia que ni me voy a esforzar en demostrártelo".-Menda

-Es algo entre algo y nada. Como quizás.
-¿De verdad crees que quizás?
-Mhmm… no.
-Moe, sobre la existencia de Dios.

Le regalamos a mi madre una bata de gotelé. –Pablo

A ver cuánto me duran en este banco cinco minutos –Oído por Cari y Pizarro a un vagabundo mientras se miraba el reloj.

Yo eso no me lo pierdo por menos de nada.
–Mi padre

Me encantan estas niñas marroquíes, con los ojos desgarrados… –Quique

Yo esta noche estoy fuerte; yo quiero acabar, pero bien… y mal .–Heather

Es como… ¡paso palabra!... ¡Y con la K! –Sarita hablando de los tíos.

jueves, 2 de octubre de 2008

Las hermanas Karamazov

Ya de por sí la cámara del móvil tiende a ser más bien limitada -más aún de noche- pero con los nervios que me entraron cuando, estando tomándonos una cervecita en una terraza de Argumosa después de hacer la mudanza a la nueva casa de Heather, vi aproximarse en lontananza a las hermanas Karamazov, me fue imposible controlar el pulso para poder retratarlas en condiciones. Pido disculpas por ello, aunque creo que la foto sirve para hacerse una idea más que aproximada.

Ahí están, pues, Las hermanas Karamazov. El nombre tiene su origen en su previo apodo: “Las espías rusas”, porque desde el principio me parecieron como uno de los personaje siniestros de James Bond, de esos que ocultan una mente cruel bajo una apariencia inofensiva...

Las hermanas Karamazov suelen pasear del brazo, y visten SIEMPRE iguales. Me las imagino por la mañana delante del armario, diciéndose la una a la otra:

- ¿Y qué nos ponemos hoy?… ¿Qué te parece esto?
-Ay, no, es que me eché ayer el café en los vaqueros…
-Bueno, pues ¿qué te parece la falda de volantes con la rebequita encima?
-Ah, vale, que hace mucho que no nos lo ponemos…

¡Con lo fácil que sería comprarse cada una su ropa e ir intercambiándosela! Ni siquiera eso, como tendrán un armario compartido, lo podrían dejar ahí todo e ir tirando... O tal vez cada una tiene su armario, que es una copia idéntica del armario de la otra, con toda la ropa en idéntico orden… huyyy… me dan escalofríos solo de pensarlo…

Seguro que en su infancia escucharon a sus padres comentando entre ellos: “Bah, ya se les pasará eso de vestirse iguales; ya se echarán novio y verás, si es que son cosas de chiquillas…” Y entonces se hicieron una promesa “Nunca, nunca dejaremos de vestirnos iguales.” Y lo juraron sobre… no sé, la Biblia de los Gemelos, o algo…

Y claro, nunca se echaron novio porque ya se tenían la una a la otra. ¿Y por qué no, oye? Con lo que hay por ahí...