jueves, 17 de septiembre de 2009

Para siempre es mucho

Lo que hoy me gusta, quién sabe si mañana seguirá gustándome. Un ejemplo fácil; la ropa. Después de algunas temporadas poniéndome una prenda, con frecuencia acaba por aburrirme, por resultarme anodina. Entonces me sorprende recordar que cuando me la compré quería ponérmela todos los días; si quedaba con tres grupos distintos de personas tres días sucesivos, tres días sucesivos que me ponía el jersey, o el pantalón nuevo. Y esos mismos pantalones, los estoy mirando cuatro años más tarde, cavilando a quién se los puedo colocar, porque ya no me los pongo.

Por esta misma razón espero tener la sensatez de no hacerme nunca un tatuaje. Un compromiso de por vida es demasiado para mí; sé cuán mudable soy y me agobio sólo de pensar en vérmelo ahí pegado día tras día, año tras año, después de que haya dejado de hacerme gracia.

Eso no significa que los tatuajes me disgusten per se. Recuerdo a mis veinticinco un viaje que hicimos Ana y yo en coche por Andalucía; estábamos un día en la playita, ociosas, y se me ocurrió entretenerme pintándome un tatuaje en el hombro con un pilot negro -probablemente un ancla o algo por el estilo. Cuando acabé con el mío seguí con Ana, que se dejó hacer sin rechistar, entre otras cosas porque le encantaban las cosquillitas del boli en la piel: “Házmelo más grande; que me ocupe toda la espalda….” (bueno, eso me lo acabo de inventar). Al día siguiente otra vez en la playa, acabamos de borrarnos los rastros de los dibujitos del día anterior y nos montamos otra sesión de tatuajes -y así prácticamente todos los días que quedaban. Y es que ciertamente molaban mucho las cosquillitas cuando te estaban dibujando, pero además molaba llevarlos luego; era un poco chorra, pero molaba.

Hace unos cuantos veranos empezaron a salir “tatuajes” en las bolsas de pipas, kikos y demás. El primero que llegó a mis manos fue uno de esos tribales, y era el concepto revisado de las calcomanías de cuando era pequeña… ¡cómo me gustaban a mí aquellas calcomanías! Venían con los chicles, creo recordar. Te las ponías contra la piel y les echabas agua un rato hasta que el papelito se deslizaba casi solo, y voilà. Si no había agua le echabas babas. Con tal arrebato de nostalgia no me pude resistir y me lo pegué sin dilación en mis carnes morenas.

Desde entonces, como los señores de las pipas han debido de decidir que los calco-tatuajes son un buen gancho para vender más bolsas, cuando llega el verano me empiezan a llegar; no siempre me tocan a mí; a veces me los da alguien que sabe que me los pongo, otras me los encuentro tirados por la calle....

Según el tatuaje hay que elegir la parte del cuerpo donde más va: el omóplato, el tobillo, el ombligo… Y hay una ley: si llega a mis manos un tatuaje que no mola, porque tiene purpurina, o es muy cursi o una horterada –como los de los nombres de los “wrestlers”, por ejemplo- no hay opción; la ley es inflexible y hay que ponérselo. A veces hay suerte, y puesto no queda tan mal, o hasta queda bien. Si no hay suerte, hay que joderse y llevarlo con dignidad, frotar sin querer un poquito en la ducha… y sobre todo, dar gracias de que no sea permanente.




miércoles, 16 de septiembre de 2009

The return

“En vez de esforzarte en escribir, procura no escribir. Recorre el mundo, hazte pirata, rey de Borneo o trabajador en la Rusia soviética, lleva una vida en la cual ocupe la mayor parte de tu energía la satisfacción de las necesidades físicas elementales… Después de algún año, el ex-intelectual descubrirá que a pesar de sus esfuerzos no puede seguir sin escribir, y cuando ese momento llegue, ya no le parecerá fútil lo que escriba.” Bertrand Russell

Como yo nunca he sido intelectual, lo que se dice intelectual –aunque tampoco he llegado a estropear un libro por leerlo- un par de semanitas desenganchada de las letras me han bastado para volver con ánimos renovados, a escribir, eso sí, futilidades -¡y a mucha honra!

Huelga decir que en tan poco tiempo, ni recorrer el mundo, ni hacerme pirata ni reina de ningún lado más que si acaso de mi propia casa, porque de Madrid no me he movido, pero sí he podido descansar un poco de esa vocecita que salta varias veces al día -“eso lo podía contar en el blog”- y que últimamente me estaba reprochando que llevaba más de una semana sin meter ninguna entrada, ni ganas que tenía.

Me gusta tener un blog porque me estimula a escribir con más regularidad -y no puedo negar que es un bálsamo para mi agradecido ego ver que hay gente que entra a leerme porque les gusta lo que escribo- pero me he dado cuenta en estos días de que cuando no compartía mis escritos era más fácil todo, porque escribía cuando sentía que quería hacerlo, y cuando lo hacía no me tenía que plantear si lo que contaba era demasiado fútil, o si era de interés general o una paja demasiado grande, y ahora sí. Es como estar en un bar y tener delante un gran espejo donde te estás viendo y mirando constantemente; ya no te comportas con la misma despreocupación y la misma naturalidad.

En estos días, sin embargo, esa vocecita que me dice varias veces al día “eso lo podía escribir…” ha seguido ahí; ni ha desaparecido ni creo que vaya a desaparecer fácilmente –porque la verdad es que tampoco estoy segura de que quiera que desaparezca. Así que aquí estoy de vuelta, antes de lo que yo misma pensaba, para continuar contando mis fútiles, a la par que divertentes, historias cotidianas.

lunes, 7 de septiembre de 2009

sábado, 29 de agosto de 2009

Intercambio de parejas

Hoy estoy haciendo de baby sitter de mis sobrinos Marcos (12) y Jara (6). Esta mañana mientras desayunaban estaban viendo unos dibujos animados de Batman y Robin; para incordiar un poco le he dicho a Marcos:

-¿Tú sabes que Batman y Robin son gays?

-Ah, ¿si?
-ha respondido sin inmutarse.

-Sí. Y Epi y Blas también.

-¿Son novios entre ellos?

-Sí, eso dicen... ¿No ves que están siempre juntos?

-Ah, pensaba que Batman estaba con Epi y Blas con Robin.


Listillo...

viernes, 28 de agosto de 2009

Flores 24 hs

Tu novia llega esta noche al intercambiador de autobuses de Moncloa, desde... un decir, Alpedrete. Pero ¡oh, contrariedad! se te ha olvidado comprarle un bonito ramo de flores de bienvenida, y a esas horas ya no hay ninguna floristería abierta... ¡No te aflijas, joven despistado! porque en la propia estación puedes adquirir de una máquina de vending, un magnífico ramo de rosas desde el módico precio de 11 eurillos, florero incluido!

Eso sí, quizás sería conveniente no revelar la procedencia de las flores, ya que es tan (poco) romántico como un pedo a la luz de las velas.

.

martes, 25 de agosto de 2009

Laurita Sacapuntas

Esta semana pasada en Oxford, Pacopepe me preguntó por qué en el blog no había ninguna entrada "sacapuntas". Repasé mentalmente los posts de Cotidianas y no pude más que darle la razón; no había ninguna. Más tarde, meditando sobre ello llegué a la conclusión de que el “sacapuntismo” es algo que se revela más en conversaciones que en textos escritos; tiene que ser algo espontáneo, improvisado. Escrito ya no es lo mismo; con tiempo para pensar, sin poder recoger la reacción del otro...
El apelativo “sacapuntas” lo acuñó para mí Pablo, Pablo Satruspegui. Yo tenía catorce años, y él quince o dieciséis. Ahora creo que yo le gustaba, y tal vez a mí me gustaba él también un poco -pero no quería reconocerlo. Quizás por esa tensión sin resolver, nuestras conversaciones se convertían a menudo en un auténtico duelo: él hacía un comentario puntilloso o procaz hacia mí, y yo le devolvía la estocada en forma de ironía o comentario sarcástico -la ironía y el sarcasmo de que es capaz una niña de catorce años. Aunque a decir verdad, a veces no me hacía falta ni provocación para lanzarme a la yugular. “¡Es que le sacas punta a todo! –me recriminó un día- Te voy a llamar Laurita Sacapuntas.”
 
Desde entonces el término me acompaña. He de admitir que soy yo la que lo mantengo vivo; cuando me cruzo con personas con quienes se establece ese tipo de “pulso” y ellos lo acusan, lo confieso sin demasiado pudor: “Ya, me llaman Laurita Sacapuntas” Así he ido dejando a mi paso un reguerillo de personas que a menudo utilizan el apelativo para, básicamente, meterse conmigo cuando la ocasión lo requiere.
Un día me di cuenta de que sólo determinadas personas encontraban placer en llamarme sacapuntas; ¿Por qué éstas y no otras? ¿Qué tienen en común estas personas? A ver; Paúl, Cari, Pacopepe… ¡Que no dejan pasar la ocasión de hacer escarnio jocoso del otro, de buscarle las vueltas a todo! ¡Que son los mayores tocahuevos que hay! Está claro; solo los tocahuevos aprehenden el concepto en toda su dimensión y lo usan después en el más puro estilo Sacapuntas.
Así me he dado cuenta de que el término sirve perfectamente para destapar a otros tocahuevos, con lo que llamaré la prueba del sacapuntas: si suelto la confesión “me llaman Laurita Sacapuntas” y más tarde en la conversación mi interlocutor esgrime el término contra mí, ya está irremisiblemente descubierto. Es entonces cuando apostillo yo con gozo: “En realidad sólo los tocahuevos me llamáis sacapuntas.”

domingo, 23 de agosto de 2009

Gran Bretaña en carteles

Por favor, tenga consideración con sus vecinos. No use el contenedor de vidrio después de las 7.00pm. Qué "proper" que son, y qué pronto se acuestan, los jodíos, ¿no?

Todo comportamiento relacionado con beber, drogas, de naturaleza sexual o actividad ilegal, está prohibido (personal del ayuntamiento y de la policía visita regularmente estos servicios). Baños públicos. Cómo se ponen.

Cuidado con los peatones de la izquierda. Starred by Cari & Pacopepe. Y Frankie.

¡Límpialo! Y una caca con moscas y vapores calientes y/u oloríficos. Y te pueden clavar mil pauns si haces caso omiso.
Y esta es la versión galesa, menos artística, pero en bilingüe: No a las cacas de perro. En Gales las cacas de perro tienen vapores pero moscas no.

Este cartel también es bilingüe, pero casi que no hacía falta. Me gusta tacsi.

Aquí resulta un pelín más difícil deducir que esto significa "farmacia" en galés.
Estamos cortando el césped. ¿Y qué? Además no estaban por allí, pero ¿a mí qué me cuentas y para qué? ¿Atención por qué? ¿Y qué son esas piedrecitas saltando centrífugamente?

Peatones precaución; planta cruzando. A ver quién es el listillo que me lo explica.

martes, 11 de agosto de 2009

Rescatadas del olvido 8

Las palabras son la punta del iceberg de la conversación. -Yo, filósofa.

¡Eh tú, “maribaiker”! -Paco, pariendo ante mí el magnífico término.

Moe: ...black labradors come from seals. (Los labradores negros vienen de las focas)
Me-Whatcha talkin’ ‘bout, woman?? (¿Qué coño dices?)
Moe-(...)I didn’t believe it , but it made sense! (No me lo creí, pero tenía sentido)

Veo menos que un pichón por (el) culo
- Juana, tía-abuela de Cari, 100 años.

Laura; nosotros somos más que los escarabajos peloteros. Yo, y tú. ¿No es verdad? Yo creo que soy más que un escarabajo pelotero. Soy más que un pobre. –Paul

domingo, 9 de agosto de 2009

Jabones

Los cajones de mi casa están llenos de jabones. Tengo jabones en el cajón de la ropa interior, en el de los calcetines, en el de las camisetas… Llevo años acumulándolos, y no es que los compre; me los regalan.

Tengo uno que me regaló Alfonso, un noviete de hace ya más de veinte años. Es de Loewe, y olía tan bien… Al principio lo usaba en los viajes, pero luego dejé de hacerlo, porque no quería que se me gastara. De vez en cuando me lo encontraba en su jabonera, aspiraba su olor y me traía recuerdos de aquella época -ya se sabe el poder evocador que tienen los olores. Pero lo cierto es que con el tiempo ha ido perdiendo su olor a la vez que su poder nostálgico.

Ronda por ahí también otro jabón con forma de pelota de golf que me trajo Guy de un hotel; no huele especialmente bien, pero es muy gracioso verle, con ese aspecto tan conseguido. Tuve dos, pero uno lo dejé en casa de Manu sustituyendo a la pelota de un set de mini-golf que se había comprado, por supuesto sin decirle nada. Cuando un día solo en casa fue a probar un golpe -me contó- "la pelota" se le partió en dos; me hubiera encantado ver su cara de desconcierto.

No sólo tengo jabones acumulados; tengo también botecitos de gel, de body milk, de champú… Por ejemplo tengo unos muy monos de un parador al que fui hace varios años que guardé y no llegué a usar nunca, otros de pera que me encanta cómo huelen, regalo de Cari y Pizarro por un cumpleaños... Y ahí están todos, dispersos por armarios, cajones, neceseres.

Recuerdo cuando hace ya mucho tiempo iba a Inglaterra todos los años, a casa de la familia de Guy o de sus amigos, cómo me llamaba la atención que en prácticamente cada baño hubiera un gran surtido de toiletries. Los acumulaban en un cestito o los exhibían en algún estante del baño: decenas de jabones, de botecitos de formas, colores y olores sorprendentes, todos tan bonitos y tan seductores. Yo los veía y no entendía por qué no los usaban; me parecía el colmo de la abundancia, casi del esnobismo. Siempre me sentía tentada a llevarme alguno, y aunque nunca lo hice, sí confieso que en alguna ocasión los usé, con un leve sentimiento de culpa.

He llegado a ver esos jabones como una manifestación de la cultura del derroche. Ya no los queremos para lavarnos, sino… ¿para hacer bonito? Cuando no se nos ocurre qué regalar, recurrimos a ellos, pero cuando los recibimos rara vez los usamos; nos limitamos a acumularlos –y el que esté libre de pecado que tire el primer jabón. Quizás haya quien tenga su marca favorita y no quiera usar otra cosa... cada cual tendrá sus motivos; en mi caso es porque tengo moral de pobre como dice Paúl, y me da pena gastarlos; huelen tan bien y son tan bonitos que hasta me daría pena tirar el bote cuando se acabaran.

Como me he dado cuenta del gran absurdo, hace ya más de seis meses me propuse dejar de comprar jabón y cremas hasta fundir mis reservas -empezando por los menos bonitos. A ver cuánto me duran, pero creo que tengo para otros seis meses al menos.

domingo, 2 de agosto de 2009

Piscina y helados

Qué día más bueno, ayer. Ángela, El Chato y yo estuvimos en la casa de unos colegas suyos que se habían pirado de vacaciones y muy generosamente se la habían cedido en usufructo. La casa está en el campo, en Fresned¡llas, y su mayor atractivo es que tiene una piscinita estupenda.

Cuando llegamos nos faltó tiempo para quitarnos la ropa y tirarnos al sol en las tumbonas. No hacía demasiado calor, y además hacía una brisita fresca que daba gusto. De vez en cuando se nublaba un poco, luego volvía a salir el sol, y cuando empezaba a "picar", nos dabamos un chapuzón y volvíamos a tirarnos en las hamacas. Así estuvimos unas horas, vagueando mientras hacíamos hambre.

Estábamos ya poniendo la mesa para comer debajo de un emparrado cuando vimos unos nubarrones negros que se iban acercando. Entonces oímos unos truenos en la distancia, y poco después empezaron a caer los primeros goterones, así que tuvimos que recoger rápidamente la mesa y comer en el salón.

Cayó una maravillosa tormenta de verano mientras la veíamos por unos enormes ventanales -ver llover en las montañas es una de las cosas más bonitas que hay. Luego volvió a salir el sol y ¡hala!, de nuevo a las tumbonas aún mojadas, con la modorra de después de comer y un maravilloso olor a tierra mojada. De de vez en cuando nos llegaba el kikirikiiii de un gallo, el sonido de un caballo relinchando, de unas ovejas balando… todo perfecto.

-Yo no soy muy de piscina, pero es que claro, esto es otro concepto –pensé en voz alta.

-Además es que teniendo la casa puedes meterte cuando te da la gana; lo que a mi no me mola es estar todo el día torrada al sol. Yo si voy a la piscina me estoy tres horitas o así y luego ya me canso. -comentó Ángela.

-Sí, pero os acordáis de cuando éramos canis… Ahí sí que molaba ir a pasar el día a la piscina; te sentías el amo del mundo, con catorce, quince años… solo con tus amigos. Era como una pequeña aventura.

-Y te llevabas el bocata para comer allí, y no te ibas hasta que te echaban. Y ya si tenías pasta para un helado a la salida… aquello era el súmmum.

- Es verdaaad… ¿A ti qué helados te gustaban? -le pregunté.

-A mí los de leche. De nata y chocolate, o algo así…

-Pues yo tenía espíritu de pobre, porque los que más me gustaban eran los de hielo. ¿Os acordáis del Frigurón, que tenía forma de tiburón? Era azul, de piña. Yo siempre empezaba por las aletas, qué bueno estaba. ¿Y el drácula? Era negro por fuera…

-¡Sí, de coca-cola! –intervino El Chato saliendo de su sopor.

-Sí, y luego por dentro tenía una sustancia medio pegajosa, roja, que estaba buenísima. Y por abajo nata, que era lo que menos me molaba a mí, y los cabrones cada vez ponían más nata y menos de lo rojo. Y el Frigodedo, que era rojo y te dejaba la lengua teñida, qué guarrería. Y luego también me gustaban mucho unos que había de no sé qué marca que eran de horchata, y costaban 25 pesetas...

...

-¿Hace otro chapuzón?

-Venga.

domingo, 26 de julio de 2009

El pepino feo

Desde hace poco Mercadona, mi "supermercado de confianza", ofrece la opción de servirte tú mismo tus propias frutas y verduras. Todos sabemos cómo va esto: te pones un guante de plástico y vas metiendo en tu bolsita por ejemplo los tomates, eligiendo -claro está- los más bonitos, los más rojos, los que están en su punto justo de madurez. Luego posas la bolsa en la báscula, das a la tecla correspondiente y la maquinita te da una pegatina con el precio, que pegas en la bolsa. Metes otro par de tomates gratis, cierras la bolsa y siguiente. El viernes, cuando estaba haciendo mi recolección para el gazpacho me encontré este pepino.


“Ay, pobre, míralo. Este no le va a coger nadie, pudiendo elegir cualquier otro. Este se va a quedar ahí hasta el final de la caja, y entonces lo pasarán a la caja siguiente, y volverá a quedarse el último, y así sucesivamente hasta que al final del día siga ahí y acaben tirándolo. No le auguro un buen futuro a este pepino.

Lo raro es que no lo descartaran en la recolección, tal y como están de exigentes con el aspecto de frutas y verduras; vas a los mercados y todas las naranjas son del mismo tamaño y sus cáscaras no tienen mácula. Y las manzanas, que parece que las han pulido con cera abrillantadora.


Pero quien cogió este pepino en la huerta pensó que valía. Y claro que vale; lo pelas y es igual que los demás, pero es que míralo, hasta pelarlo debe de ser difícil. Se va a quedar ahí, el pobre…”


La última frase la pensé ya cogiendo el pepino con mi mano enguantada, metiéndolo en la bolsa y sintiendo que estaba dando sentido a toda la cadena que lo había traído hasta mí.

sábado, 18 de julio de 2009

Investigaciones sobre el FPE

Quizás esté haciendo funambulismos sobre la delgada línea que divide lo publicable en este blog, de lo que debería circunscribirse a la esfera de las reuniones íntimas, pero… esto no me pasó a mí, sino a una amiga. Y creo que… me lo ha pasado por escrito, así que aunque esté en primera persona, es porque lo escribió mi amiga y yo sólo lo publico. Como lo de Cari. Por lo tanto declino toda responsabilidad sobre lo que viene a continuación.

“Cuando fumo chismes me sucede un fenómeno muy peculiar, y es que puedo estar mucho tiempo sin ir al baño, pero cuando por fin voy, estoy desalojando líquido durante lo que me parece una eternidad. Con una mente científica e inquisitiva como la mía, este tema me ha intrigado durante mucho tiempo, ya que según yo lo veo, existen tres hipótesis:

H1: Solo me parece que estoy más tiempo haciendo pis, debido a la distorsión de la percepción del tiempo causada por el cannabis.

H2: El tiempo durante el que hago pis es mayor, pero el volumen de líquido desalojado es el mismo. Esto se puede deber a que por alguna razón el pis sale más despacio.

H3: En efecto hay un mayor volumen de líquido.

Cuando he compartido mi intriga con algunos allegados, estos han confesado haber observado también el Fenómeno de los Pises Eternos (FPE) tras el consumo de cannabis, y han compartido mis dudas respecto a las posibles explicaciones, no decantándose con seguridad por ninguna de las hipótesis expuestas arriba. Decidí entonces un día ponerme manos a la obra para dilucidar la verdad sobre este importante dilema.

En primer lugar había que medir el tiempo de micción (TM) en circunstancias normales, y tras el consumo de chismes. Varias personas de mi entorno se dejaron convencer encantadas de colaborar en mi investigación, cronometrando sus TM; los resultados revelaron diferencias significativas, ya que el TM sin consumo rondaba los 15-20 segundos, y tras el consumo oscilaba entre los 25-45 segundos. Quedaba así descartada la primera hipótesis.

Para contrastar la segunda hipótesis, sólo había una respuesta: medir el volumen de micción (VM) Este asunto resultaba mucho más aparatoso, y durante muchos meses fue solo un proyecto en mi mente, esperando ver la luz.

El año pasado, una noche en que mi hermano M. y yo estábamos en casa compartiendo unos chismines, decidí sacar a colación el FPE y mis investigaciones en curso, para conocer su opinión al respecto. He de decir que me sorprendió su genuino interés por el tema -supongo que no en vano somos hermanos- y cómo se animó de buen grado a especular sobre las cifras entre las que podría oscilar el VM. Después de un rato de especulaciones y con su sonrisa divertida siguiendo mis movimientos, cogí una botella de agua mineral, le corté la parte superior y me metí en el baño dispuesta a conseguir mi primera medida de VM.

Como la botella era color azul oscuro, me dio menos pudor enseñarle la muestra recogida al salir del baño. Su volumen era bastante menor de lo que yo había imaginado: no llegaba ni a la mitad de la botella. “Eso serán unos 300 ml, diría yo” –comentó mi hermano. Cuando me disponía a deshacerme de la muestra, me detuvo: “Espera, espera: hazle una marca antes, y así lo llenamos de agua y la medimos con una jarra de medir, ¿tienes una?” ¡Claro que tenía una! El resultado fueron unos tristes 350ml de VM, cuando yo había imaginado algo más cercano al litro. Bueno, quizás entonces la hipótesis vencedora era la que afirmaba que el pis era desalojado más lentamente, dando así la sensación de que había mayor volumen. Me sentí absurdamente decepcionada.
__________________________________________________

Hacía mucho que no veía a H. Ayer estuvimos en El Retiro viendo la puesta de sol desde el césped de la orilla del estanque, amenizando el momento… efectivamente, con unos chismines. En cuanto el sol se hubo puesto empezó a refrescar y decidimos irnos, pero de repente me di cuenta de que antes tenía que pasar urgentemente por el baño. Nos acercamos a los baños públicos, pero ¡Oh fatalidad! ya estaban cerrados. “¡Noooo...! –pensé con preocupación- ¡Esto va a ser un sufrimiento hasta llegar a casa!” Mientras conducía mi bici hacia la salida me planteé parar entre algunos discretos matorrales, pero siendo viernes, El Retiro estaba demasiado transitado para un pis furtivo. Estimé que no tardaría más de diez, quince minutos en llegar a casa, y si veía que no aguantaba, siempre podría parar en un bar de camino.

No sé de dónde saqué la lucidez para pensar en el FPE antes de meterme corriendo al baño al llegar a casa, ni en cómo conseguí aguantar mientras le cortaba la parte superior a una botella de agua mineral de un litro con el pulso casi temblándome con las prisas; el caso es que lo hice. Y mientras recogía la muestra, se me iba dibujando una sonrisa de satisfacción cada vez más grande, porque pasaba la línea media y seguía, y seguía… No quiero sonar ufana, pero alcancé sin dificultad un VM ¡de 900ml.!

Con qué complacencia miraba la muestra, pensando que todo aquel volumen estaba un minuto antes dentro de mí; haciéndome consciente de la asombrosa capacidad de mi vejiga.

Y aunque estrictamente hablando aún no tengo suficientes datos para corroborar la tercera hipótesis… he decidido que bien puedo dar aquí por concluida mi investigación."

miércoles, 8 de julio de 2009

Rutinas cotidianas

La mayoría de nosotros tenemos nuestras pequeñas rutinas antes de salir de casa: verificar que llevamos llaves, cartera y móvil, quizás cerrar bien todas las ventanas, apagar el gas...

A continuación, un vídeo de una de mis ineludibles rutinas cotidianas.

domingo, 5 de julio de 2009

Plantilla artificial

Anoche mientras hablaba por teléfono con mi madre observé la sombra que proyectaba una de mis plantas en un trocito de pared del salón. “Anda, mira qué bonita queda.” Me recordó a esas plantillas de vinilo que se pegan en las paredes o en los techos, que son tan chulas pero que te cuestan una pasta, y pensé… “¿Y si…?”

No esperé ni a colgar, no fuera a ser que me pasara la inspiración; cogí un lápiz, y mientras mi madre me contaba los detalles de la boda tan fantástica a la que había ido el día anterior, en el Sagrado Corazón -"…Preciosa, Laura. ¡Lo que me hubiera gustado a mí que tú te hubieras casado en mi colegio! Porque bla, bla, bla…”- yo iba marcando el perfil de la silueta con el lápiz, aplicadamente…“Sí mamá… ahá… ahá…”

Esta tarde después de ir a una exposición de fotografía y comer en una terracita en Lavapiés, Quique me ha sugerido subir a su casa y ponernos una peli. “Huy no, es que estoy fundida, con este calor… me voy a ir para casita a echarme una siesta estupenda” Pero cuando he llegado he visto la silueta a lápiz y he pensado “Anda, es verdad, ya ni me acordaba. Pues creo que tengo una pintura por aquí del color perfecto… Sí, mira, si ya me parecía a mí recordar… A ver cómo queda sobre la pared; sólo un poquito, para probar…” Pero ya sabía yo que no, que cuando empiezo no lo dejo. Y efectivamente así ha sido -con sesión fotográfica entre medias incluida para luego colgar aquí el reportaje.

Al acabar he continuado con el pseudo-auto-engaño “Bueno, aún puedo echarme una siesta cortita. Pero antes voy a descargar las fotitos al portatil, a ver cómo han quedado” Y después de ver las fotos me he puesto a escribir el post, y me han dado las ocho, y ya ni siesta ni na.

Pero mientras tecleo, miro mi nueva plantilla artificial, y qué orgullosa estoy. Es lo que tienen estas cosas…

Y para celebrarlo, voy a dar la cara, ¡qué diantres!

jueves, 2 de julio de 2009

Números

¿Qué tienen en común…

Los píxels de una imagen
La población de una ciudad
Las pulgadas de una pantalla
La memoria de un disco duro/pendrive/ipod
La velocidad de una línea ADSL
La potencia de un coche
El kilometraje de un coche
La distancia entre los planetas
Las edades de la tierra

Todos son números. Números que yo nunca recuerdo, nunca asimilo y por tanto jamás manejo. Me da que yo no traía de serie el software de números; por no saber, no me sé ni las tablas de multiplicar enteras… aunque sospecho que eso es otro tema. Cuando alguien –casi siempre del sexo masculino- me pregunta: “¿Qué memoria tiene tu pen?” o “¿Qué población tiene X? Nunca, jamás sé la respuesta. Ni aproximada.