Bertrand Russell, La conquista de la felicidad
Este es un fragmento de un libro que me gusta releer de vez en cuando. Ahora lo estoy releyendo porque me acabé por fin El amor en los tiempos del cólera y no sé qué leer... ¡se aceptan sugerencias!
Recortes de la vida cotidiana de una habitante de El Rastro
La loca tendrá como setenta y pico. En el bloque tiene reputación de desequilibrada; ahora lleva bastantes años tranquilita, pero cuando llegué a esta casa tenía constantes trifulcas con los vecinos; se quejaba sobre todo de ruidos que venían del piso de arriba y aseguraba que tenían un laboratorio de drogas (!) Todos pensamos que se le iba la olla, aunque cuando aquellos vecinos se fueron, ella dejó de quejarse y desde entonces no ha dado guerra. A veces con los temas de las obras del bloque se pone muy irracional y parece que no procesa la información, que no da para más…
Pero lo cierto es que mal de la cabeza del todo no puede estar, porque vive sola; la única familia que tiene es un hijo que vive fuera de Madrid y que no parece que la visite con mucha frecuencia. Marido no sé si tuvo y murió o no lo tuvo nunca; quizás fue madre soltera, porque parece que en su juventud vivió en Francia muchos años, y ya se sabe el ambiente tan “libertino” que había allí.
El caso es que aquellos años en Francia debieron de ser sus años dorados, allá por los sesenta o setenta, y por eso insiste en recordarlos periódicamente poniendo el mismo disco a todo volumen; siempre el mismo. Y sé que es un disco y no una cinta o un CD porque una de las canciones se le ha rayado de tanto ponerlo, y cuando llega “La boheme”, hacia el final salta la aguja, y suena la misma frasecita tres o cuatro o cinco veces hasta que la mujer levanta el brazo del tocadiscos y lo vuelve a posar un poco más adelante en el surco y la canción continúa. Yo me la imagino bailando mientras oye el disco a todo volumen, dando vueltas por la casa, fuera de sí, poseída por la nostalgia… y en pelotas -no sé de dónde he sacado esta idea de que baila por la casa en pelotas.
Para escribir este post me he paseado por Internet para ver algo sobre la canción que se raya, y he encontrado el vídeo y la letra, que he traducido por curiosidad. Me ha sorprendido mucho cómo sin tener ni la más remota idea sobre de qué iba la canción –no hablo francés- había captado el sentimiento perfectamente. Además la letra me ha parecido muy bonita... y bueno, tal vez después de esto miraré a María Ángeles de otra forma. De momento Federico la ha re-bautizado y en vez de "La loca" es "La francesa", que no es poco.
LA BOHEMIA
Te hablo de un tiempo que
los de menos de veinte años
no pueden conocer
Montmartre por aquel entonces
colgaba sus lilas
hasta nuestras ventanas,
y aunque la humildemente amueblada habitación
que nos servía de nido
no era gran cosa,
fue allí donde nos conocimos;
yo me quejaba de hambre
y tú posabas desnuda.
La bohemia, la bohemia
Eso quería decir
que éramos felices
La bohemia, la bohemia
Sólo comíamos cada dos días.
En los cafés vecinos
éramos varios los que esperábamos la gloria
y aunque éramos pobres con el estómago vacío
nunca dejamos de creer en ello.
Y cuando en algún bar
nos cogían un lienzo
a cambio de una comida caliente,
recitábamos versos
agrupados alrededor de una estufa
olvidándonos del invierno.
La bohemia, la bohemia
Eso quería decir
que eres preciosa
La bohemia, la bohemia
éramos todo genio.
A menudo pasaba noches en vela
delante del caballete
retocando la forma de la línea de un pecho,
la curva de una cadera…
y no era hasta la mañana
que nos sentábamos
delante de un café con leche;
extenuados pero encantados.
Debía de ser porque nos amábamos
Y también amábamos la vida
La bohemia, la bohemia
eso significaba
que teníamos veinte años
La bohemia, la bohemia
Vivíamos el aire
de aquellos tiempos
Cuando alguna vez voy a visitar
mi antigua dirección
ya no la reconozco;
ni las paredes, ni las calles
que vieron mi juventud.
Desde lo alto de la escalinata
busco el estudio del que ya no queda nada.
En su nuevo decorado
Montmartre parece triste
y las lilas han muerto.
La bohemia, la bohemia
éramos jóvenes, éramos locos
La bohemia, la bohemia
ya no significa nada.

La Alemana es en realidad de nacionalidad austriaca y tendrá como cuarenta y tantos años. Cuando que me mudé a esta casa su particular bienvenida consistió en bajar a quejarse de nuestros ruidos. “Oye, y ¿cuántas puertas tenéis en la casa? Porque yo no oigo más que portazos” Yo al principio me lo tomé en serio, y procuraba ser más silenciosa, pero no tardé mucho en darme cuenta de que la tía es una paranoica, y aprendí a ignorar los golpes de queja que daba en el suelo -incluso cuando yo estaba tumbada en la cama leyendo.
El proceso, sin embargo, fue doloroso y frustrante; cada vez que yo hacía alguna cosa mínimamente ruidosa pensaba que la tipa iba a bajar a quejarse. A veces bajaba y a veces no, pero la paranoica empezaba a ser yo. Entonces, un sábado cualquiera, sobre las diez de la noche estaba yo con un par de colegas en casa, con música bastante alta; cuando sonó el timbre supe que era ella. Abrí la puerta, ella soltó todas sus quejas de maruja amargada y cuando acabó le dije muy tranquilamente: “Pues vas a tener que llamar a la policía, porque no pienso bajar la música. Hasta luego.” La policía evidentemente no apareció, y ella dejó de bajar a quejarse.
Lo que más me indignaba al principio de esta zorra es que lo mismo que se queja de los ruidos ajenos, no se corta un pelo en andar con zapatos de tacón desde que se levanta, y dar, sobre las siete de la mañana, unos golpes tremendos que no acierto a saber cómo coño los hace. Suena como si tirara un mueble al suelo; un estruendoso ¡PUMMM! El año pasado, cuando Federico estuvo aquí, flipaba tanto que decidimos escribirle una nota diciéndole algo así como que si era ella quien daba esos golpes, que a ver si por favor podía hacer algo por evitarlo. “Si no eres tú, ignora esta nota” pero sabíamos que era ella. Durante un tiempo dejamos de despertarnos sobresaltados con los golpes –luego volvieron.
El caso es que yo hace mucho que paso de hacerme mala sangre, y cuando oigo sus ruidos los ignoro con bastante facilidad. Cuando me cruzo con ella en la calle o en el portal ni le muestro animadversión; le saludo con una sonrisa y tan ricamente. Ayer subimos juntas las escaleras, y esta fue la conversación que tuvimos:
-Oye -dijo la Alemana- ¿Tú sabes si van a arreglar lo de las humedades del techo ya?
(Mi techo, que es el suelo de su terraza. A mi me sorprendió que se mostrara tan colaboradora, porque siempre ha sido reacia a dejar que los obreros pasaran a su ático para poder arreglarlo.)
-Porque las humedades –continuó- están llegando a zonas donde hay electricidad y ya es peligroso.
-Ah, pues sí que es peligroso. No sé, habla con tu casero a ver qué te dice.
-Es que yo ya estoy pensando que no me importa denunciar a la comunidad de vecinos y que pongan una multa.
O sea, que me estaba amenazando.
-De todas formas yo me voy a tener que ir de este piso ya, porque…
-Mhmmm… Muy bien Traude, buenas noches.
Entré en casa y se lo conté a Federico, que ya tiene unas ganas locas de conocerla en persona.